Una de las mayores meteduras de pata de la historia de España

Un otoño plomizo de 1522, el Conde de Egmont nacía en medio de una notable noche de pertinaz lluvia. Su manera de pensar y de soñar le hacían merecedor de un destino mejor

Foto: Lamoral Egmont.
Lamoral Egmont.
AUTOR: ÁLVARO VAN DEN BRULE/El Confidencial

En 1568, era verano en las ensangrentadas tierras de Flandes, y en el mercado de caballos de Bruselas se iba a consumar una de las mayores y más absurdas tragedias evitables de la historia moderna.

Un enorme verdugo de colosal porte, descargaría con toda su fuerza, pero sin pasión alguna, un hacha de doble filo contra el entregado cuello de uno de los nobles más idealizados y probablemente injustamente ejecutados en aquel periodo oscuro donde la dinastía Habsburgo consolidaba su incontestable poder entre una miríada de potencias que pretendían serlo.

Nadie quería la muerte de aquel hombre que en una cuestionada decisión, que traería como consecuencia a la postre una larga y costosa guerra de desgaste para los Reinos de España, moriría en un cadalso rodeado de fervorosos y silenciosos admiradores. El sepulcral silencio que precedió a la ejecución, así como el momento fugaz en que la muerte cayó sobre aquel cuerpo vencido ante tan deshonroso final, no tienen posible narración.

Creado a imagen y semejanza de sus lecturas de novelas de caballería, era el héroe de sí mismo y más tarde de todo un pueblo

Las lagrimas del respetable, los sollozos de las mujeres, el gentío enmudecido, la potencia psicológica de una enorme masa de arcabuces, lanzas y ballestas amparadas por las tropas del Gran Duque de Alba, daban una lectura de humillación e impotencia a los congregados. Es probable que aquella puesta en escena sonara a escarmiento público, pero, era un hombre que había combatido por y para una España emergente y se merecía otro final más digno.

Un otoño plomizo de 1522, el Conde de Egmont nacía en medio de una notable noche de pertinaz lluvia. Su manera de pensar y de soñar, de sentir y seguir el curso de la vida lo transportaban a épocas donde los altos idealesparecían acunados por las brisas en aquellas altas torres del homenaje donde estaban situados los estandartes mecidos al viento.

Un genio que apostaba a la inmortalidad

Lamoral Egmont sirvió en los ejércitos de Carlos I y posteriormente en los de Felipe II. Creado a imagen y semejanza de sus lecturas de novelas de caballería en batallas idealizadas hasta el extremo, era el héroe de sí mismo y más tarde de todo un pueblo –el flamenco–, que lo convertiría en un icono y un mito imperecedero. El estruendo de la pólvora y los disparos de arcabucería, los ataques al galope de inmensas masas de caballería y el griterío organizado en torno a la omnipresente muerte instalada en los predios aledaños a los campos de batalla, se instalaron en su ideario de vida en los tiempos en que las actuales Bélgica y Holanda debatían su identidad religiosa y nacional.

En la batalla de las Gravelinas, allá por el año de 1558, el Conde de Egmont vencería a Francia con una audaz táctica no exenta de riesgos. Una decisión muy alejada de la lógica formal y más propia de un genio apostando a la inmortalidad, en una acción ajena a los criterios más exactos de un uniformado acostumbrado a una toma de decisiones más acorde con la racionalidad, impulsó a Egmont a abandonar los bagajes e impedimenta que lastraban la velocidad de respuesta de su ejército, para así, poder cortar a tiempo la retirada de los franceses. Una disciplinada infantería española daría uno de sus mejores recitales militares jamás vistos.

Emanuel Filiberto de Saboya.
Emanuel Filiberto de Saboya.

La victoria de las Gravelinas supuso enormes recompensas al Conde de Egmont. Una temeraria estrategia más propia de un héroe crepuscular escapado de unos versos de Homero, añadida a su capacidad de rehacerse en medio de una batalla extremadamente confusa, le otorgaría una fama imperecedera. Además, la gratitud del Rey le colmaría de parabienes. Sin embargo, Felipe II en primera instancia y para no desmerecer a su mando natural, reprendería al flamenco duramente tras haber entablado combate sin consentimiento del mando superior, el Duque de Saboya.

De haberse perdido la batalla, es más que probable que se hubiera perdido Flandes. Sin embargo, la estratagema de Egmont cambiaría rotundamente el curso de la guerra. Por ello, Enrique II de Francia en una situación de “zugzwang” (término técnico del ajedrez para denominar una situación en la que todas las jugadas del bando al que le toca mover pieza son perdedoras) ofrecería un acuerdo de manga ancha a los españoles en la Paz de Cateau-Cambrésis.

La brillante locura de Egmont había cambiado el curso de la guerra y el Rey Enrique II de Francia ofreció un generoso acuerdo a los españoles

Si se mueve, es hereje

Felipe II, el rey emperador, recompensó a Egmont con el cargo de estatúder(gobernador general) de Flandes en el año 1559, lo que le confirió un poder más que notable en un país sentado en una carreta llena de nitroglicerina.

Tanto Egmont como Montmorency, Conde de Horn, reclamaban quitar hierro al tema de las guerras de religión- eran más prácticos y visionarios que el católico español – y bajar al terreno de las realidades cotidianas. Sin alcanzar la radicalidad de Guillermo de Orange, el tercer noble levantisco en el contencioso flamenco; todos ellos se oponían a la implantación de la Santa Inquisición en los Países Bajos, tema nada baladí, por el terror que generaba en una población tendente al libre pensamiento, cono la historia ha demostrado sobradamente a posteriori. El purpurado Cardenal Granvela, era el máximo instigador de esta drástica medida que tenía aterrorizada a la población de los territorios al norte de Francia.

Todo fue en vano. Para el rey español, todo lo que se movía era objeto de herejía

El caso es que Egmont viajó a España en representación de la nobleza flamenca para explicarse. Felipe II fingió escuchar sus peticiones, pero con la cerrada idea poco oxigenada de darle largas mientras ganaba tiempo para sus preparatorias militares

Fernando Álvarez de Toledo, III Duque de Alba, por Antonio Moro.
Fernando Álvarez de Toledo, III Duque de Alba, por Antonio Moro.

Cuando regresó regreso a Flandes, el noble flamenco vendió las negociaciones con el Rey español como beneficiosas para la causa. Pero todo fue en vano. Para el rey español, todo lo que se movía era objeto de herejía.

Una decisión trágica

Hacia 1567, el Duque de Alba, al frente de un gran ejército, se dirigía a los Países Bajos con instrucciones muy precisas y la clara orden de ejecutar a todos los más destacados de la rebelión. Mientras Guillermo de Orange se daba a la fuga ante la muy intuitiva percepción de que su cuello podía ser desmochado por los iracundos españoles al servicio del Alba, los condes de Egmont y Horn no barruntaban temor alguno.

El 9 de septiembre del año del Señor que siempre está de perfil, era 1567, Alba, un aparente e intachable caballero, invitó a Egmont y Horn a un prolijo y abundante cenáculo, en el que el capitán español Sancho Dávila detendría a los dos nobles disidentes.

Margarita de Austria, a la sazón gobernadora de Flandes, que aún ostentaba el título de Gobernadora de Flandes, protestaría solemne y airadamente al entender que los detenidos eran inocentes de cualquier cargo, por lo que dimitiría con un cabreo sobredimensionado ante tamaño atropello. Aceptada su dimisión, quedaba vía libre para que el Duque de Alba pudiera ejecutar la posterior carnicería, muy en contra de su estilo de militar de elevados principios.

El historiador Henry Kamen, asegura que hombres próximos al Duque de Alba, advirtieron al noble flamenco antes de ser apresado de lo que iba a acontecer.

Una de las pruebas que maneja Kamen sobre el pensamiento del Duque de Alba sobre este suceso, es el de la solicitud de protección y dádivas para la condesa de Egmont dada su precaria situación. El propio Duque deja a las claras, que a ejecución de Lamoral Egmont fue una decisión trágica que traería consecuencias trascendentales y funestas.

Los ánimos de la población enardecida, incluso los de los más moderados, se radicalizaron en extremo, y el descredito de la diplomacia española fue más que patente. El noble católico no era ni de lejos un traidor, y mucho menos, un hereje.

Para entonces, el Conde de Egmont ya era un mártir a la vez que volaba en la memoria de los justos y en la nómina de los grandes errores de la historia.

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