Un gran misterio: lo que la gente dice justo antes de morir

¿Cómo es la comunicación verbal y no verbal de una persona moribunda? Una lingüista ha abordado el momento en el que la vida termina y el lenguaje se vuelve muy diferente

Foto: Foto: iStock.

E. ZAMORANO / El Confidencial
“Tú y yo hemos visto todo lo que había por ver / desde Bangkok hasta Calgary, y las suelas de tus zapatos / están completamente desgastadas. / Es hora de dormir / pero no hay nada por qué llorar / porque pronto nos fundiremos en un abrazo en la más oscura de las habitaciones”. Estos preciosos y sobrecogedores versos podrían funcionar a la perfección como últimas palabras con las que una persona se despide de su amor. Pertenecen a una canción titulada ‘I will follow you into the dark’. Su autor, Ben Gibbard, de la banda estadounidense Death Cab For Cutie, la interpreta guitarra en mano en monoaural, es decir, con un solo micrófono y apenas edición, para conseguir un efecto aún más íntimo en el que se percibe hasta su respiración antes de enfrentar el siguiente párrafo.

La muerte es un miedo siempre presente. Si no es miedo, entonces es una realidad latente en nuestras vidas”, asegura Gibbard en una entrevista para la ‘New Musical Express’. “Me gustaría pensar que algún día podremos volver a ver a todas esas personas que nos dejaron”. No se sabe con exactitud el ángulo que escoge el artista a la hora de abordar el tema de la canción: bien puede ser el de la persona que se marcha o el de quien está condenado a vivir sin el otro. En todo caso, y en base a la crudeza, simbolismo y emoción que transmite, lo que está claro es que se trata de una declaración urgente, apurada al máximo, escrita desde el último momento o en el instante que precede a ese viaje en soledad que representa la muerte.

Después de ser rechazada varias veces, comenzó a entrevistar por su cuenta a médicos y a familiares que habían perdido a un ser querido

Porque como postulan los filósofos y poetas, se trata del momento más íntimo y privado en la vida de una persona, ya que de ningún modo puedes morir por alguien, como mucho dar la vida y morir tú. O al igual que los sabios budistas, como Osho, Tagore o Lao Tsé, cuya filosofía se podría resumir en una de las pintadas callejeras más emblemáticas de La Habana, la cual dice: “La muerte es un paso. La vida, una carrera”. En resumen, el que es el más profundo misterio que aguarda a la humanidad ha sido reflejado en el pensamiento y el arte desde tiempos inmemoriales. Y si hay un punto en el que todos coinciden es en el de la frustración que supone dejar el mundo de los vivos y partir hacia la otra orilla, siempre ignota. Más allá de estas fúnebres consideraciones cabe preguntarse si la ciencia ha elaborado una respuesta para las ideas que se le pasan por la cabeza a un ser humano que sabe que vivir ya solo es cuestión de horas, minutos o segundos. Y en este caso, lo que tiene que decir a sus seres queridos.

“Muerte feliz”

Su nombre es Lisa Smartt, tiene 53 años y es especialista en Ligüística en la Universidad de Berkeley, California. Después de una vida entera dedicada a las palabras, tanto en su versión más literaria como pedagógica, se dio de bruces con uno de los momentos más difíciles en la vida de una persona: la muerte de su padre. Mort Felix, que así se llamaba, siempre presumía de que su nombre en latín significaba “muerte feliz”, por lo que cuando estaba enfermo de gripe solía pedir a su esposa que en su lecho de muerte pusiera ‘Oda a la Alegría’ de Beethoven. Pero cuando llegó la hora y el cáncer asediaba su cuerpo, las ganas de escuchar cualquier obra musical se esfumaron. Finalmente, a sus 77 años y a punto de dar el último estertor, dijo a su mujer: “Basta. Gracias, te amo. Ya ha sido suficiente”. Al día siguiente, ya se había ido.

Los patrones más comunes fueron las frases inconexas repetidas varias veces y fallos en la conciencia espacial

Smartt estuvo con él en todo momento. Apoyada en la cama, transcribió en un cuaderno una a una las palabras que pronunciaba en sus días finales. Al cabo de un tiempo, se preguntó si sus notas tenían algún valor científico. Así, tras mucho esfuerzo de compilación y análisis, publicó en 2017 un libro titulado ‘Words on the Thresold’ (“Palabras en el umbral”, en español), sobre los patrones lingüísticos de 2.000 declaraciones de un total de 181 personas moribundas, incluido su padre. ¿Cómo llevó a cabo semejante trabajo de investigación?

Alucinaciones y obsesiones

“Smartt se acercó a las escuelas de posgrado para proponer un trabajo académico sobre las últimas palabras”, informa Michael Erard, periodista norteamericano, quien ha publicado un cuidado reportaje sobre la lingüista en ‘The Atlantic’. “Después de ser rechazada varias veces, comenzó a entrevistar por su cuenta a familiares que habían perdido a un ser querido y personal médico. Eso la llevó a contactar y colaborar con Raymond Moody Jr., un prestigioso psiquiatra de Virginia y superventas por su famoso libro, publicado en 1975, ‘Life After Life’, en el que estudió a fondo las ‘experiencias cercanas a la muerte’ o ‘ECMs”. Con su ayuda, creó un dominio web que llamó Final Words Project en el que gente anónima y conocida volcaba sus experiencias sobre el último aliento de sus seres queridos. Algunos de los patrones comunes que más sorprendieron a la entusiasta lingüista durante el estudio fueron las frases inconexas, la errónea consciencia espacial y la repetición excesiva.

– Quiero llevarlos a la tierra de alguna forma… Realmente, no sé… No… No más amarres a esta tierra.

– Tengo que bajar allí. Tengo que bajar allí.

– ¡La dimensión verde! ¡La dimensión verde!.

– ¡Tengo que bajarme, bajar! Fuera de esta vida!.

Como vemos, las alucinaciones también abundan en estos momentos. Es bien sabido que las personas que están a punto de cruzar al otro lado usan metáforas del viaje. Otro libro relacionado con el campo de estudio de Smartt, y mencionado en el reportaje de Erard, es ‘Final Gifts’, escrito por Maggie Callanan y Patricia Kelley, dos enfermeras de una residencia de ancianos que también recogen los pensamientos, necesidades y formas de comunicarse con los otros de las personas moribundas. En su obra citan a una joven de tan solo 17 años que murió de cáncer y quien antes de partir no podía dejar de repetir que no encontraba un supuesto mapa. “¡Si encontrara el mapa podría irme a casa! ¿Dónde está el mapa! ¡Quiero ir a casa!”.

Según Erard, los beneficios de este tipo de estudios ayudarían muchísimo a afrontar esos momentos tan duros, tanto para familiares como para los profesionales que trabajan con enfermos terminales. “Los expertos me dijeron que una hoja de ruta podría contrarrestar el miedo a la muerte de las personas y proporcionarles un sentido de control”, asevera el periodista de ‘The Atlantic’. “La comunicación al final de la vida solo será más relevante a medida que esta se prolongue. La mayoría de las personas en los países desarrollados no morirán tan rápida y bruscamente como lo hicieron nuestros antepasados”.

“Cada muerte es única”

Gracias a los avances médicos y la atención preventiva”, prosigue Erard, “es probable que la mayoría de personas muera por algún tipo de cáncer, una enfermedad cardiovascular u orgánica, o también por la edad. Estas muertes a menudo serán largas y lentas, en hospitales o residencias de ancianos supervisados por equipos médicos. Y las personas pueden participar en las decisiones sobre sus cuidados siempre y cuando puedan comunicarse. Un mayor conocimiento sobre cómo termina el lenguaje y cómo se comunican los moribundos daría a los pacientes más voluntad durante un periodo más prolongado”.

A pesar de este resurgir del interés por parte de la comunidad científica por acercarse aún más al pensamiento postrero de los que van a fallecer, esta esperanza de “comprender mejor” no deja de ser un reto para la ciencia y la medicina, que inevitablemente pueda acabar estrellándose con las infinitas incógnitas que presentan las últimas horas de un ser humano. A fin de cuentas, se trata de un momento antropológico con un halo sagrado, que no atiende a datos empíricos ni estadísticas, ya que cada muerte es única y enfrenta las creencias y debilidades de la persona en concreto. “El proceso de morir todavía es muy profundo, pero no de una profundidad al uso”, aseguraBob Parker, jefe de una agencia estadounidense de cuidados intensivos en el hogar para enfermos. “Las últimas palabras no son como en las películas. Así no es como mueren los pacientes”. Seguramente Parker se refiera a ese encontronazo con el misterio que se despliega insondable y terrible, en el que el individuo siente que ya no hay marcha atrás (al menos en esta vida).

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