Creando un fantasma

Seguimos con el extraño relato de José Antonio, ocurrido en Dos Hermanas: El sobresalto le hizo caer al suelo de forma violenta. En ese instante, un escalofrío intenso recorrió su cuerpo…

Continuamos con el caso de José Antonio, ocurrido en Dos Hermanas. / El Correo

JOSÉ MANUEL GARCÍA BAUTISTA  / El Correo de Andalucía

Durante algo más de dos meses, Isabel era el motivo de su consuelo, y la razón de su feliz vuelta a casa. Incluso parecía que había una cierta interacción mental que él (repetía una y otra vez) lo tomaba sólo como un juego que le divertía, y le mantenía ocupado de forma positiva.

¿Lo mental se vuelve real?

En su “juego”, imaginó incluso viajes que habrían realizado y fotografías que se habrían hecho. Todo idílico y feliz para la extraña pareja. Hasta que una mañana, la emoción que faltaba en el juego hizo acto de presencia: el dolor.

Estaba claro. Él decía que durante ese tiempo sabía que la imagen creada correspondía a un supuesto contacto con el espíritu de su pareja fallecida… claro, fallecida, ya no estaba, ya no la tendría más. Y lógicamente apareció la emoción que se asocia a dicho estado. Durante unos días su felicidad desapareció, para transformarse en un agrio sentimiento del que le resultaba difícil desprenderse. En momentos donde hacía una breve introspección, recordaba que ella era creación suya, de su mente, que él le había dado ese aspecto, esa vida, ese rol. Pero no sabía cómo volvía de nuevo a una pesadumbre y pena que le vencía en la batalla por entender las circunstancias en las que aparecía todo aquello.

Llegó incluso a faltar a su trabajo durante unos días, excusándose por enfermedad, cuando en realidad estaba en un profundo debate interno, buscando explicación a lo que le estaba pasando, tratando de encontrar una razón para todo aquello. Entonces se fue a una librería y adquirió los primeros libros de su amplia colección, obras que estarían encaminadas a una pregunta que se hacía casi como una letanía: ¿lo mental se vuelve real?

Todavía no había ocurrido ningún acontecimiento que justificara de forma más directa esa pregunta, pero no dejaba de hacérsela una y otra vez. En cuanto a lo que encontraba en dichos libros le servía para ampliar sus conocimientos, pero no encontraba en dichos textos una respuesta clara a la cuestión.

Después de casi dos semanas, se repuso y volvió a su actividad diaria, pero esta vez no quería que la jornada terminara, temiendo volver a su casa y tener que enfrentarse de nuevo con la idea que no paraba de martillear en su mente. Durante algunas tardes realizaba el mismo “ritual”: llegaba al hogar, se ponía la televisión a un volumen alto, se duchaba apresurado, preparaba una cena ligera… y se sentaba frente a la misma hasta que el sopor le llevaba a un sueño profundo. La situación no parecía importarle mucho, ya que de esa manera mantenía su mente ocupada sin que aparecieran las vivencias que había tenido semanas antes, y lo más importante: el profundo sentimiento de incomprensible dolor, sin justificación alguna al menos en el plano físico.

Parecía que en esas nuevas condiciones podría subsistir, con la esperanza de que la costumbre le haría abandonar todo lo construido durante ese macabro juego mental. Nada más lejos de la realidad, de lo que a continuación le ocurriría.

Un domingo, de esos en los que también trabajaba en una labor esporádica, llegó a casa rendido y dispuesto a repetir, paso a paso, aquellos “movimientos” que le hacían abstraerse de lo que le había ocurrido. Así fue. Al poco de estar en el sillón se durmió. Pero… al llegar la mañana del lunes, y mientras se despertaba, apareció ante si la cara de una mujer, con el pelo moreno y los ojos oscuros, la cual con cara feliz y voz dulce le dijo: – ¡Vamos! Que llegas tarde a trabajar.

El sobresalto le hizo caer al suelo de forma violenta. En ese instante, un escalofrío intenso recorrió su cuerpo, y apareció un miedo irracional ante lo que había vivido. Minutos después, trató de tranquilizarse y relativizar lo que había ocurrido, culpando a su “juego” de todo aquello que estaba ocurriendo. Se repuso y preparó para su jornada laboral.

Pero durante la ducha matutina, un extraño sonido parecía proceder de la cocina, como si alguien enredara en los pocos enseres que poseía uno de los muebles de dicho recinto. Alarmado, dejó su ducha a medio terminar, y armado con una toalla, se acercó hasta el lugar, donde no encontró absolutamente a nadie, ni siquiera el sonido que le había alertado. Con prisa, se vistió y ni siquiera desayunó, buscando la protección de la calle iluminada por el sol.

Al terminar la jornada laboral, llega hasta su casa y, aunque pensaba (bueno, más bien se sugestionaba) que todo habría terminado porque mantendría el control de la situación que él mismo había creado en su mente (aunque en ese instante ya dudaba de todo), los hechos extraños volvía a hacer acto de presencia. Lo contaba así:

– Llegué hacia las 8 de la tarde. Paré el coche frente a la puerta y miré hacia la casa. Estaba convenciéndome que todo lo que había pasado era sólo fruto de mi imaginación, y que nada de lo que había pasado se debía a otra cosa que no fuera mi mente. Me bajé del coche, y me dispuse a abrir la puerta con la llave. Pero no podía. Aunque la llave daba la vuelta en el bombín, la puerta no se abría. Podía escuchar incluso cómo el mecanismo se movía… pero nada. Por mucho que empujaba, aquello parecía que se había quedado agarrotado. Me preocupé, pero no porque fuera un fenómeno extraño, sino una avería doméstica de difícil solución. Cuando me volví hacia el coche para tomar la caja de herramientas… La puerta se abrió completamente.

Otra vez volvió el escalofrío por la espalda, y decidió acercarse a la puerta con paso dubitativo, tembloroso, para volver a cerrarla. Se montó en el coche y, esa noche, durmió en un descampado.

Creando un fantasma

Isabel se manifiesta

Parecía que, unos días después de ese desagradable lunes, todo volvía a la normalidad, aunque seguía repitiendo el proceso que le mantenía más o menos seguro en casa. Y decimos que “parecía” porque los hechos paranormales se desarrollarían con algo de más virulencia. José Antonio mientras se preparaba para explicar esta parte de la historia, se movía de forma compulsiva, como intentando evitar una situación mental que le hacía mantener una tensión y temor que no deseaba repetir, pero al mismo tiempo quería seguir contando la historia, con la esperanza de encontrar una explicación plausible a lo que ocurría.

Durante varios días ocurrió un fenómeno curioso: cuando llegaba a casa y encendía el televisor, siempre lo hacía en un canal concreto, esperando el comienzo de un programa que le gustaba. Pero de repente, y mientras se hallaba preparando el baño, dicho canal cambió de forma inesperada. No le dio mucha importancia al hecho, y se dispuso con el mando a distancia a cambiar la frecuencia. Lo dejó en la mesita y, cuando estaba de nuevo en el baño… otra vez el cambio de canal. Esto le ocurrió durante dos días, siendo una situación incómoda, pero achacable por su parte a un fallo técnico. Pensó en llevar el aparato a un taller para repararlo.

Pero un día antes de hacerlo, ocurrió otro fenómeno más extraño Cuando puso ese canal, y volviendo de nuevo al baño para preparar su ducha, ocurrió lo mismo. Enfadado (con el aparato, claro está), y de forma violenta, lo cambió de nuevo. Dejó el mando en la mesilla y… No sólo se apagó la televisión, sino que el mando terminó por estrellarse contra la pared, mientras escuchaba una voz femenina y tensa diciendo: “¡NO!”.

No articulaba a decir nada. Se quedó paralizado unos minutos, y decidió que lo mejor sería no volver a encender la televisión. Así que buscó una pequeña radio, se colocó los auriculares… y esa fue su distracción durante la noche, a solas, en casa, viviendo ese calvario constante.

José Antonio pensó en que los hechos ya no le hacían albergar la más mínima duda: una entidad energética se estaba manifestando, y le retaba constantemente. No pensó por en ningún momento que fuera su “creación”, quizá sus padres advirtiendo de que lo hecho no estaba bien. Durante los días siguientes acudió a una tienda especializada para comprar velas blancas y encenderlas, solicitando así el perdón de los espíritus que le atormentaban, y parece que funcionó. Pero por poco tiempo.

Una noche, mientras dormía, notó cómo alguien le tiraba del brazo. Estaba como siempre en el sillón, esta vez, oyendo la radio. Todo quedaría en una sensación nocturna relacionada con un sueño si no llega a ser porque él mismo, despierto, vio cómo su piel se hundía en ciertas zonas, como si en realidad una mano invisible hiciera presión. Inmediatamente, recibió otro sobresalto: alguien llamaba violentamente a su casa, a su puerta. Sus piernas no reaccionaban y sus ojos no sabían dónde pararse a mirar, mientras la respiración se hacía tan rápida que no daba tiempo a que sus pulmones gestionaran la violenta entrada de aire.

Algo le calmó un poco: luego de otra serie de golpes en la puerta, oyó la voz de su vecino que le llamaba por su nombre. Acudió a abrir, y dejó que este pasara hasta la entrada, mientras le explicaba que había visto algo desde el balcón de su casa, entrando a la vivienda de José Antonio por la puerta de atrás, la que daba a su patio. Creyó que se trataría de un ladrón (eso sí, mujer de pelo largo y moreno… ¿Os suena de algo?) y que le habría ocurrido algo. José Antonio, en la medida que pudo, trató de tranquilizarlo, aunque sabía que eso ya trascendía con mucho lo que le estaba ocurriendo, y tampoco se atrevía a decirle de quién se podría tratar. Aunque ya no había duda: esa entidad que le atormentaba, era Isabel.

Pues bien, hasta ahí la primera conversación, la cual no estuvo exenta de fenómenos extraños presenciados por mí. Durante la última parte de la conversación ocurrieron dos fenómenos extraños: el primero era la apertura de la puerta de un espejo tipo “Romy” que estaba en el baño de la casa, el cual daba al saloncito donde nos encontrábamos. Se paraba justo cuando mi cara se veía reflejada en él, cosa que me ponía nervioso. Me levanté con permiso de mi anfitrión para cerrar esa puerta-espejo, asegurándome que no se podía abrir por la acción de un cierre en mal estado. Cuando me senté, al poco, pude ver cómo la misma puerta se abría despacio, hasta llegar a ver mi cara de nuevo. Durante ese tiempo, las hojas de la revista colocada en un revistero se empezaron a mover lenta y torpemente, como si una suave brisa interactuara con ellas… O eso es lo que yo quería creer, ya que en la estancia no había ventanas.

Meli, la medium

Pasó ese fin de semana, y no dejaba de darle vueltas a la difícil situación en la que se encontraba José Antonio. Quería encontrar una solución a su problema, además de entender cómo era posible lo que la conversación mantenida me daba como conclusión: Isabel, un pensamiento, una idea, se materializó y se convirtió en un molesto espíritu.

El lunes siguiente me puse en contacto con Meli. Es una buena amiga, con una cualidad de mediumnismo que ella no desea explotar con fines “comerciales”, sino más bien como ayuda a los demás. En muchas ocasiones me ha servido de gran ayuda para esclarecer ciertos hechos ocurridos en otras viviendas, o para darme más información sobre una serie de acontecimientos que ocurrían a algún cliente, ofreciendo datos que pasaban desapercibidos para mí. Me puse en contacto con ella, con el fin de aceptar una invitación a la casa de José Antonio, y saber si podría aportar una respuesta a todas las incógnitas que teníamos.

Dos días después, por la tarde, accedió a acompañarme. José Antonio se mantendría en casa de su vecino mientras Meli y yo hacíamos una breve visita a su casa. Yo no informé absolutamente de nada a la médium. Cuando llegamos y accedimos a la vivienda, comenzó a mostrarse algo contrariada y temerosa. No estaba nada tranquila allí dentro, así que rápidamente empezó a decirme lo que percibía, para irse lo más pronto posible:

– Aquí está el espíritu de una mujer, de pelo negro y largo, que ha muerto hace tiempo en un accidente de moto. Creo que se llama…ISABEL.

En ese momento, no sabía qué decir. Meli se marchó… Y yo me quedé con José Antonio tratando de explicarle lo que ocurría:

 Mira José Antonio, lo que tienes aquí es la proyección de tu mente, un fantasma que has creado… Aquí está Isabel. No sé cómo, pero está.

Este caso, obviamente, sigue abierto, porque ahora hay que encontrar la forma de terminar con esa entidad, y hacer que José Antonio vuelva a tener una vida más normal, como antes, como cuando no estaba en compañía de ISABEL.

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