Simbología oculta en la fachada de «Los Luises» de Sevilla

Una capilla con una arquitectura religiosa llena de símbolos, cenefas y figuras diminutas.

Me gusta caminar por Sevilla y admirar todo lo que nos tiene que ofrecer esta ciudad cargada de Historia y de misterio. A veces el sevillano no es consciente del rico patrimonio que tiene nuestra vieja Híspalis, y en otras ocasiones, simplemente, es que son detalles que nos pasan inadvertidos por desconocimiento del código o no estar en poder de un Saber que, quizás, hoy día, está perdido.

Por ello cuando paseo por la ciudad me gusta mirar, observar y ver los detalles que me ofrecen sus edificios por qué en muchos de ellos se puede encontrar un lenguaje oculto tan rico en matices como en la cultura que nos puede aportar.

Uno de esos edificios es el que podemos encontrar en plena calle Trajano, más concretamente en la iglesia de los Luises, obra del insigne arquitecto Aníbal González, nuestro particular “Gaudí” costumbrista.

Se trata de una arquitectura religiosa simbólica que podemos encontrar, principalmente en su fachada, que se puede tocar, se puede admirar, se puede leer… El edificio tiene una historia apasionante pues está ubicada entre lo que eran, antaño, otras construcciones religiosas importantes como la parroquia de San Miguel, en la plaza del Duque, o el viejo convento-noviciado de la Orden de Frailes Mínimos de San Francisco de Paula.

Atributos evangelitas de la capilla Los Luises

En el año 1866 pasa a ser propiedad de la Orden Jesuita, aunque los tiempos eran convulsos en España y paso a manos del gobierno de la I República siendo vendida, de forma incomprensible, a la Sociedad Bíblica de Londres, de esta forma pasó a ser un lugar de encuentro para el protestantismo en la ciudad.

Sería doña Dolores Armero y Benjumea quién en 1887 compró el templo y lo devolvió al catolicismo reintegrándolo a la Compañía de Jesús con la denominación de “Sagrado Corazón de Jesús”. Se produce una expansión cuando se comprar una serie de edificios cercanos para que pasaran a ser centro de espiritualidad ignaciana pues estaban bajo el control de la Congregación Mariana de María Inmaculada y San Luis Gonzaga, conocida vulgarmente como “Los Luises”.

Sería en 1917 cuando el jesuita P. Carlos Gálvez realiza el encargo a Aníbal González de este templo para la congregación de “Los Luises” así como, igualmente, una capilla anexa al local, siendo la iglesia del Sagrado Corazón y su otra salida a la calle de Trajano.

Precisamente en esta calle hemos de observar y admirar, con detenimiento, la fachada de la Capilla de los Luises a la calle Trajano, en sus conocidos ladrillos donde destaca el impresionante labrado que está a la altura de nuestros ojos. Cenefas de aspecto vegetal figuras diminutas que nos transmite su simbología cristiana, sólo hay que saber leer.

Destaca, tal y como bajamos a la Alameda, cuatro figuras esculpidas en el ladrillo que tienen mucho que decirnos: son los atributos de los cuatro evangelistas.

Primero el ángel se asocia a Mateo, puesto que su Evangelio empieza con un repaso a la genealogía de Cristo, el Hijo del Hombre.

El león es el atributo de San Marcos, ya que el Evangelio por él escrito empieza hablando de Juan el Bautista, “Voz que clama en el desierto”, estableciendo analogías con el león.

El toro es el atributo de San Lucas, su Evangelio narra del sacrificio que hizo Zacarías, padre de Juan el Bautista, a Dios.

Finalmente el águila es el símbolo de San Juan, el favorito de la reina Isabel “La Católica”, así representa el “pájaro solar”, imagen del fuego, de la altitud, de la profundidad y de la luz; es el “ojo que todo lo ve”, es lo trascendente, la elevación, la contemplación, el genio; además se trata del único evangelio no sinóptico.

Representación de los pecados capitales

Encontramos también el grabado de los símbolos de la Pasión de Cristo: el gallo, los dados, la columna y los azotes, la corona de espinas, los clavos, el paño de la Verónica -que enjugaría el sudor y la sangre de Jesús de Nazaret-, el martillo y las tenazas, la lanza y la esponja, las escaleras o el cáliz. Buena parte de todos estos elementos nos encontramos en la fachada como todo un canto a la simbología cristiana.

Luego, bajo mi particular criterio, encontramos lo que son los siete pecados capitales en una especie de caricatura simiesca o demoniaca, deforme y singular: lujuria, ira, soberbia, envidia, avaricia, pereza y gula.

Todo ello podemos encontrar en esta fachada tan inusual como importante como toda la información y cultura que nos ofrece su lenguaje oculto.

 

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