Misterio y regreso a la casa de los secretos de Sevilla

Habían pasado dos años y medio desde una investigación histórica cuando la familia volvió a pedirme ayuda por unos sucesos extraños en la vivienda.

Hay casos que cuando un investigador recuerda no puede menos que sentir la nostalgia de tiempos infinitamente mejores, a nivel personal y a nivel profesional. Podría coleccionar algunos de ellos que ya son parte de la historia de Sevilla por la trascendencia social y mediática que tuvieron. Como por ejemplo el del restaurante Viandas, la facultad de Bellas Artes, el monasterio de San Isidoro del Campo, el palacio de los Marqueses de la Algaba o la casa de los secretos.

En una anterior entrega narraba parte de todo lo que sucedía en el interior de esa casa de los secretos, pero cuando uno cree que un caso está archivado siempre puede saltar la sorpresa como, de hecho, ha vuelto a ocurrir.

Habían pasado dos años y medio desde una investigación histórica en una casa histórica, la relación con aquella familia -por razones personales- no sólo es inigualable sino que se ha ganado un lugar importante en mis sentimientos. Hace apenas un mes, mientras que salía del acceso del cine Alameda me di de bruces con el propietario de la casa: «Debes hablar con mi mujer, te va a contar algo… Otra vez hay jaleo».

Aquella afirmación hizo que se encendieran todas las alarmas para un periodista de lo extraño y mi contacto no se hizo esperar.

«Otra vez pasan cosas, se sienten ruidos, el ascensor sube y baja solo, cuando tú mejor que nadie sabes que va accionado con llaves, se ve sombras y una figura del niño que tiene detector de presencia se ha puesto a funcionar sola hasta que la ha desconectado del enchufe. Otra vez….», decía la propietaria sin perder su sentido del humor ni su simpatía pues «a mí estas cosas no me dan miedo pero me fastidia por el niño».

Nuevamente, en una investigación preliminar, comencé a medir campos electromagnéticos con niveles realmente sorprendentes: entre 389 y 401. Aquello era muy superior a todo lo que pudiéramos pensar que pudiera pasar pero, sin embargo, la realidad era una y ese era el dato que nos daba una fría máquina libre de subjetividades.

Con la dueña de la casa a mi lado, comenzamos una sesión de Spirit Radio (la versión app de una máquina exclusiva) que nos iba a dejar sin aliento:

-¿Cuál es tu nombre? ¿Qué quieres de esta familia? ¿Los conoces?, fueron las tres primeras preguntas tratando de imitar aquella sesión que, en 2016, tuvo tanto éxito.

-Sí, fue su fría respuesta.

-¿Qué quieres decirle?

-Frío… Frío…

Las miradas del matrimonio se hicieron perceptibles sin yo saber bien qué quería decir aquello.

-¿Sólo quieres decir eso?

-Mis medicinas… medicinas…

-¿Qué edad tienes?

-Lunes 9…

Aquello fue suficiente… «Para, para… Esto no es posible» me decía el propietario cariacontecido: «Mi padre, poco antes de morir, sólo decía ‘frío, frío’… Era médico y lo de las medicinas cuadra perfectamente y él murió un lunes día 9… Esto es imposible».

Este tipo de experiencias pueden ser polémicas y controvertidas pero cuando uno desconoce estos datos y surgen de una máquina que carece de subjetividades tiene, cuando menos, que reconocer que algo extraño hay.

Aquella sesión deparó más sorpresas en aquella salita de estar acogedora que antaño era la misma habitación vacía que ocupó el difunto que hoy parecer querer manifestarse allí.

Tras dos años y medio la denominada casa de los secretos me reveló algunos de ellos, pero es una historia que sólo debemos conocer la familia y yo y que podría dar un giro radical a un suceso muy importante en el misterio de la ciudad… Tal vez algún día se me autorice.

 

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