Misterios de Sevilla: El cortijo de la muñeca poseída

A veces lo imposible se puede hacer realidad más allá de cualquier consideración, se puede ser creyente o escéptico pero la verdad es que cuando se vive el fenómeno paranormal en primera persona todo cambia…

Serían las diez de la noche, el teléfono sonó de forma vertiginosa, descolgué y al otro lado resonó la voz de Jordi Fernández: «Jose, vístete que nos vamos a un sitio donde están ocurriendo cosas».

Al poco tiempo, me encontraba en el coche camino de una vieja casa las afueras de Sevilla. Entramos por el polvoriento camino de albero y nos desviamos.

Al fondo estaba aquel viejo cortijo, marcado por el abandono y el tiempo. Casi no se podía ni entrar por la maleza que había crecido tapando todos los accesos. Al fin encontramos una vieja ventana y nos hicimos hueco para llegar al interior.

Accedimos al pasillo y pronto los temores comenzaron a aflorar. Pese a ser verano, la temperatura bajó notablemente, la sensación de estar siendo observados crecía por momentos, la hora bruja había dado ya sus campanadas en nuestros relojes. Ni Jordi ni yo nos encontrábamos a gusto en esa situación.

Al final del pasillo retumbó un sonido que nos dejó sin respiración. Una puerta había sido cerrada con gran violencia. Movidos por la curiosidad nos acercamos a aquella habitación, forzamos la puerta, era como si algo o alguien tratara de forcejear con nosotros impidiéndonos la entrada. Por fin se abrió como si estuviera recién engrasada.

No había apenas nada, una vieja habitación en la que destacaba una cama de hierro forjado y un viejo somier con los muelles saltados.

Sobre la cama una vieja muñeca medio quemada y con un ojo saltado… «Me da mal rollo», dijo Jordi Fernández, y la sensación era compartida.

Salimos de allí al escuchar una risa infantil en el pasillo, la linterna daba una luz mortecina, luz de agotamiento:

-Joder, Jose, nos quedamos sin pilas.

-Sigue a ver que ha sido eso…

Por más que recorrimos los pasillos de aquel lugar no hallamos nada.

Recobramos el aliento como buenamente pudimos y accedimos a la parte superior del cortijo, con cuidado –pues el suelo estaba vencido- nos quedamos perplejos, al final del pasillo estaba la vieja muñeca con su ojo saltado:

-No puede ser, Jose, estaba en la habitación de abajo y aquí no hay nadie.

Me acerqué con cuidado pero allí estaba inerte la vieja muñeca.

-¿Por qué hemos venido aquí, Jordi?

Mi compañero respondió:

-Porque han pasado cosas, la gente dice que ve luces, que han grabado psicofonías y que escuchan llantos de niño.

Aturdidos aún bajamos a la zona inferior, íbamos buscando la salida cuando sentimos claramente cómo una voz fría nos llamó: «Venid». Aquella llamada nos heló la sangre.

-¿Qué hacemos?

-Vámonos.

Y seguimos buscando la salida, pero nuevamente resonó aquella voz: «Venid».

-¿Y si es alguien en apuros?

Comenzamos a buscar el origen de aquella voz y casi detrás nuestra, en la habitación ciega del pasillo, volvió a escucharse: «Venid».

Entramos y nos quedamos atónitos al ver que que sobre la vieja mecedora de madera nos miraba, más allá de la vida, la vieja muñeca que ancló su alma en aquel edificio.

Desde ese mismo momento siempre he tenido un gran respeto por los juguetes en los edificios abandonados. ¿Quién sabe si el alma de un niño habita en su interior por toda la eternidad?

 

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