Misterios de Sevilla: miedo en el viejo pabellón Real

Vivencias paranormales en la sierra de Huelva, con equipamiento tecnológico que deja de funcionar, melodías que suenan sin sentido y sensaciones de estar siendo vigilados

Una de las peores situaciones que he tenido la oportunidad de vivir, por lo intranquilos que estábamos y el choque de sensaciones que vivimos aquella noche, me sucedió en el Tiro de Pichón en plena Sierra de Huelva.

Recuerdo como entramos allí al atardecer de un mes de noviembre. Mientras escudriñábamos cada rincón del majestuoso edificio, con casi un siglo de antigüedad, teníamos la sensación de estar siendo vigilados.

Colocamos algunos detectores de presencia, que al menos nos indicaría si algo físico se acercaba. Seguimos investigando y los equipos comenzaron a fallar, era como si algo les estuviera «chupando» la energía. Sólo se salvó la cámara en Hi8 con visor de infrarrojos.

Recuerdo que al llegar a la gran escalera que repartía las habitaciones sentí tras de mi un extraño movimiento, como si algo o alguien arrastrara los pies. Sentí frío. Pregunté a mis compañeros si estábamos solos en el edificio, y ellos afirmaron que sí. Ese momento sería clave.

Posteriormente bajamos hacia las habitaciones y nos sucedió algo singular: el pasillo parecía no tener fin. Por mucho que lo recorríamos sus habitaciones parecían no acabar, como si aquel viejo edificio estuviera jugando con nosotros.

La intranquilidad afloraba cuando una melodía se los años 40 comenzó a sonar, como si un viejo gramófono resurgiera de su ahogada vida. Nos miramos los tres (Jordi Fernández, Sergio Moreno y yo) y tratamos de buscar el origen de aquel sonido, de aquella música, pero no lo encontramos.

Al entrar en la cocina, Jordi se gira y nos dice: «No es broma, algo me ha tocado la cabeza, vámonos de aquí». ¡Que más hubiéramos querido! Pero no encontrábamos la salida. Aquella casa seguía jugando con nosotros, con un grupo que fue a investigar y salió siendo investigado.

Los móviles no tenían cobertura y sólo quedaba la salida de huir por una de las ventanas. Pero de repente una puerta se abrió en la pared, una escalera que ascendía del lugar por donde habíamos venido. Era nuestro momento, el momento de salir de allí y no volver.

Era noche cerrada y casi no nos atrevíamos a mirar hacia atrás, la tétrica silueta del edificio destacaba en la oscuridad entre algún relámpago de los que azotaba a la sierra.

A los dos días volqué el contenido del video en el ordenador y una sorpresa mayúscula surgió: ¿recuerdan el incidente en las escaleras? Pregunté si había alguien más en el edificio, y una voz del misterio, una voz sin rostro y casi sin alma, respondió psicofónicamente: «En-fer-mi-zo».

Sin dudas, uno de los edificios más encantados y donde peor lo he pasado.

 

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