El hotel de los fantasmas: Gran Hotel Viena

A orillas de la laguna de Mar Chiquita, el edificio en ruinas funciona como museo.

El Gran Hotel Viena en Miramar de Ansenuza, Córdoba.

Su insistencia marca la importancia del lugar. “Ese es el Gran Hotel Viena”, dicen.

Aunque hoy el paisaje no son más que ruinas de lo que fue un alojamiento de lujo a fines de la década del 40, las habitaciones y pasillos guardan historias, mitos y leyendas.

La mayoría de los turistas llegan a esta zona de Córdoba atraídos por la cuenca endorreica que tiene alrededor de 600 mil hectáreas.

Lo hacen para realizar avistajes de aves -ya que allí habitan más de 380 especies, entre las que se destacan los flamencos australes- y para relajarse en las playas del “mar” cordobés.

Sin embargo, muchos de casualidad se topan con este establecimiento, hoy convertido en museo.

El Gran Hotel Viena desde el aire. Cerró sus puertas en 1980.

El Gran Hotel Viena desde el aire. Cerró sus puertas en 1980.

Una mejor calidad de vida

La historia del Viena se remonta a 1936, cuando la familia Palhke, integrada por Máximo Emilio Germán Pahlke, de origen alemán, Melita María Fleischberger, austríaca, y sus hijos Máximo Wolfgang Otto y Gertrudis Ingrid, llegaron a Miramar.

Buscaban poder mejorarle la calidad de vida a la esposa, quien sufría de asma, y a Máximo (hijo), quien padecía psoriasis.

Las propiedades curativas del fango y el agua del quinto lago salado más grande del mundo hicieron que el patriarca de la familia decidiera invertir en la localidad. El hotel se construyó en etapas, entre 1940 y 1945. En total, tenía 84 habitaciones.

El ala principal era la más lujosa. Contaba con pisos de granito, paredes recubiertas de mármol de Carrara importado de Italia y salones iluminados por arañas de bronce con estalactitas de cristal. Era el único lugar del hotel que poseía aire acondicionado central y calefacción.

En planta baja tenía una sucursal bancaria, central telefónica, peluquería y sucursal de correo. Actualmente, solo es posible conocer la terraza de esta parte. Un punto estratégico para ver cómo el sol cae sobre el agua.

El Gran Hotel Viena se construyó en etapas, entre los años 1940 y 1945.

El Gran Hotel Viena se construyó en etapas, entre los años 1940 y 1945.

El Viena tenía su cámara frigorífica, donde se conservaban los cerdos y las aves de corral provenientes del propio criadero del hotel, y una proveeduría con latas de conserva como para alimentar a 100 personas durante un mes, además de panadería propia.

Tenía también un pabellón termal donde se aplicaba fangoterapia y balneoterapia, pileta, dos muelles, cocheras, surtidor de combustible de uso exclusivo para los huéspedes, taller mecánico y fábrica de hielo propia.

Era como una pequeña ciudad para las personas con buena posición económica.

Hoy, todo el lujo mencionado está librado a la imaginación. Con la inundación de 1978 que sufrió el pueblo entró en decadencia, y en el ’80 cerró sus puertas.

Así lucía el hall de entrada del Gran Hotel Viena.

Así lucía el hall de entrada del Gran Hotel Viena.

Hoy es un museo, al que se ingresa por una puerta pequeña que está sobre tres escalones y que tranquilamente podría haber sido de servicio.

El salón comedor, destinado a la clase media, hoy está convertido en recepción, donde se exponen muebles originales de la época dorada.

Hay una caja de banco y el mobiliario de cafetería. Dentro de una vitrina está la última gran recuperación y se muestra con orgullo: es una tacita de café con el nombre del lugar y un águila bicéfala, símbolo del Gran Hotel Viena.

“No se asusten, no se van a caer, es la humedad”, bromea la guía sobre las baldosas hundidas del primer pasillo que recorremos.

Al final están los ascensores, los mismos que usaban los huéspedes, pero hoy sin funcionar. Las camas, los colchones y los percheros que se exhiben en las habitaciones son los originales.

La arquitectura y la decoración son simples, y se asemejan a las de un hospital.

Ruidos y energía extraña

El estado de penumbra constante por la poca luz natural que entra, las grietas de las paredes y la muñeca antigua que hay sobre una de las camas, hacen difícil asociarlo al glamour y la elegancia que supo tener a fines de los años 40, y lo convierten en un lugar fantasmagórico.

Se escuchan ruidos. “Debe ser la gata”, dice la guía despreocupada.

En las habitaciones 106 y 110 es donde se perciben más energías extrañas. Algunos dicen sentir angustia. Otros confiesan haber visto personas pasar de una habitación a otra.

La conocedora del lugar sostiene que cuando se sacan fotos de la fachada del hotel, suele aparecer una mujer asomada desde una ventana en planta baja, y un hombre en uno de los cuartos de la clase alta.

“Hace poco una nena vio a dos hermanitos que iban de cuarto en cuarto”. Ella no cree en los fantasmas, pero sí en que el hotel tiene vida propia y una energía que se manifiesta.

El Gran Hotel Viena atrae a expertos y curiosos de las actividad paranormal.

El Gran Hotel Viena atrae a expertos y curiosos de las actividad paranormal.

En julio de 2009, integrantes del programa Ghost Hunters International de Estados Unidos, llegaron a Miramar para analizar la presencia de actividad paranormal.

El primer elemento extraño que detectaron fueron golpes reiterados en el ala de la clase media, que provenían de los pasillos del primer piso.

En el comedor del sector de la alta sociedad vieron una sombra moverse rápidamente. Intentaron grabar, pero las baterías de sus cámaras estaban agotadas, cosa que consideraron muy extraña porque eran nuevas.

El descubrimiento más preciado, sin embargo, fue la imagen de una forma muy parecida a la de una persona sentada en una cama mirando hacia la ventana en la habitación 106, y dijeron que el Gran hotel Viena es uno de los lugares con más actividad paranormal que recorrieron en Sudamérica.

Historias y rumores

No hay datos certeros ni registros que sirvan como evidencia, pero entre los lugareños se suele decir que el nazismo podría haber aportado los fondos para la construcción del edificio.

En el libro “Tras los pasos de Hitler”, de Abel Basti, el autor relata su encuentro con Olga Meyer, una mujer de la provincia de Santa Fe casada con un señor de apellido Müller. Ambos viajaban seguido a Miramar y “ella aseguró que sabía que Hitler se alojaba en el hotel”.

Ella contó que el líder nazi tenía a disposición una habitación en suite exclusiva en el Gran Hotel Viena, como así también vajilla y sábanas, que llevaban sus iniciales.

Por otro lado, el libro “Lobo gris, la fuga de Hitler a la Argentina”, de Simon Dunstan y Gerrard Williams, sostiene que el Führer se fue a atender al Viena luego de las complicaciones de salud que le trajo la bomba Stauffenberg.

La propiedad hoy está en manos de la Municipalidad de Miramar, concesionada a la Asociación civil Amigos del Gran Hotel Viena en litigio con Máximo Pahlke, nieto del fundador.

El heredero creó la página web llamada Gran Hotel Viena (granhotelviena.com), en la que desliga a su familia del nazismo y afirma que sus antepasados repudiaban esa ideología.

Allí puede leerse parte de la historia y hay un segmento llamado “Mitos y Verdades” donde, entre otras cosas, explica que los fondos no salieron de simpatizantes de Hitler sino del resultado de una vida de trabajo de su abuelo, quien era director de la empresa Mannesmann para Sudamérica.

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