Lo que no sabías del Barón Rojo

Manfred von Richthofen derribó ochenta aviones durante la Primera Guerra Mundial y se convirtió en un mito. Aristócrata, ególatra y acomplejado, recordamos sus luces y sombras a los cien años de la muerte del Barón Rojo.

Por Juan Eslava Galán/ Fotos Getty Images y Cordon Press

XL Semanal

1918. Primera guerra mundial. Desde arriba, en los cielos de Francia, la guerra era todavía un torneo entre caballeros como hacía quinientos años. El piloto alemán -conocido por Barón Rojo– que había derribado diez aparatos enemigos ingresaba en el exclusivo club de los Experten, los ases.

En su primera incursión perdió de una tacada catorce hombres. Fue ‘condenado’ a intendencia

Sin embargo, dos años antes nada hacía sospechar que Manfred von Richthofen, aquel joven junker (miembro de la antigua nobleza prusiana) que abrazaba la milicia por tradición familiar, estuviera destinado a ser el as más famoso de la guerra.

En 1915, las ametralladoras y las alambradas habían acabado con el romanticismo de la guerra. En su debut como oficial, el joven Richthofen cargó lanza en ristre contra un destacamento francés armado de fusiles de repetición y perdió de una tacada catorce hombres, lo que lo devolvió bruscamente al prosaico siglo XX.

Fighter squadron of Richthofen: (l-r) Vice Sergeant Sebastian Festner, Lieutenant Karl Emil Schafer, Lieutenant Manfred Freiherr von Richthofen, Cavalry Officer Lothar Freiherr von Richthofen, Lieutenant Kurt Wolff, in 1916. Photo: Berliner Verlag/Archiv

Con 24 años ya era jefe de escuadrilla. Comandaba a 13 pilotos. En la fotos, como esta de 1917, posaba (en el centro) desafiante y orgulloso

Richthofen se vio de pronto aparcado en un anodino almacén de intendencia, un destino humillante para un junker prusiano. Contando calcetines y cantimploras no se ganaba la Blauer Max, la más alta condecoración a la que aspiraban los jóvenes de su clase.

Capricho aristócrata

Un día pasó sobre su cabeza una escuadrilla de aviones camino del frente, de la gloria. La aviación era un arma joven y prometedora que daba sus primeros y vacilantes pasos. Muchos aviadores procedían de la aristocracia, jóvenes pudientes que antes de la guerra se habían encaprichado con aquellos cacharros y habían aprendido a volar.

El curso de aviación era breve. El piloto terminaba su aprendizaje en el aire, entre las ráfagas del enemigo. El joven Manfred voló primero como observador en el frente oriental, sobre las líneas rusas, en un avión biplaza pilotado por otro. Su cometido principal era detectar los blancos y señalárselos a la artillería.

Baron Rojo

Siguiendo la tradición familiar, ingresó en la escuela militar muy joven (a los 11 años). Su hermano Lothar también fue aviador y derribó cuarenta aviones enemigos.

Richthofen obtuvo el título de piloto en la Navidad de 1915. Lo enviaron a patrullar los cielos de Verdún en un flamante monoplano Fokker. Desde su altura, las trincheras parecían costurones de la tierra animados por un hervor de hormiguero. La infantería, el proletariado de la guerra, chapoteaba en el barro hediondo, entre ratas y cadáveres despedazados e insepultos.

En su diario se muestra como un depredador implacable que jamás se apiadaba del enemigo

El novato Von Richthofen destrozó dos aparatos al aterrizar, un comienzo nada prometedor que le valió un traslado al frente ruso, donde lo relegaron al bombardeo y ametrallamiento de la infantería enemiga, labores que desempeñó con eficacia y entusiasmo (deja prueba de ello en su diario). Con ello, Richthofen se ganó su traslado a la prestigiosa escuadrilla de Oswald Boelcke, en el frente occidental, donde cobraría justa fama por su arrojo y su infalible puntería ejercitada como cazador en los bosques familiares.

Competidor nato

Las victorias no se ganaban fácilmente en el aire. Se exigía la probanza de algún testigo. Richthofen había reclamado dos derribos que no se le anotaron. El 17 de septiembre 1916 derribó un aparato de observación británico y no se lo pensó dos veces, aterrizó cerca de su víctima y le arrancó la ametralladora como prueba irrefutable de su victoria. El alto mando debería haberlo arrestado por poner en peligro su valioso aparato, pero el pundonor del joven piloto se valoró favorablemente. A esa victoria siguieron otras dos en pocos días.

Baron Rojo

Ganó las máximas condecoraciones alemanas de la Primera Guerra Mundial

La foto de Richthofen comenzó a aparecer en las revistas ilustradas. El joven prusiano, que quizá había crecido con cierto complejo debido a su insatisfactoria estatura, posaba altivo, piernas abiertas, brazos en jarras. Su ego se hinchaba como un globo dentro de la guerrera entallada del uniforme. Aunque algunos pilotos caballerosos respetaban al enemigo herido o bisoño. Él nunca incurrió en manifestaciones de piedad. En su diario descubrimos a un depredador implacable, un adicto a la adrenalina que jamás se apiada del enemigo.

Una chulería

En 1916 tuvo un golpe de suerte. El jefe de escuadrilla Boelcke se vio obligado a realizar un aterrizaje de emergencia en el que se golpeó la cabeza mortalmente. Había olvidado atarse el cinturón de seguridad. Richthofen lo sucedió como jefe de escuadrilla. Pronto superaría los cuarenta derribos de su maestro.

Baron Rojo

Aunque el mando aconsejaba pintar los aviones con colores apagados, fáciles de camuflarse en tierra, a Richthofen -convertido ya en un piloto certero y frío que cosechaba fáciles victorias y presentado por la propaganda alemana como as indiscutible de los cielos- se le consintió la chulería de pintar su Fokker de rojo escarlata, por lo que pronto fue conocido como el Barón Rojo. El resto de la escuadrilla lo imitó, cada cual con su color favorito, y en adelante fue conocida como el Circo Volador de Richthofen.

En julio de 1917, una bala le rozó la sien. Un segundo antes de perder el conocimiento logró aterrizar detrás de sus líneas. ¡Richthofen, derribado! Conmoción nacional. Una furgoneta no bastó para cargar las cartas que recibió durante su convalecencia. Tanta atención halagaba su ego, pero la conciencia de su vulnerabilidad le hizo ver que la guerra no era un simple deporte de riesgo.

Baron Rojo Caballero del aire

En 1917, una bala le dio en la sien. Logró aterrizar antes de perder el conocimiento. fue toda una conmoción en Alemania

De vuelta a la faena declaró que, aunque fuera el as máximo, con cincuenta y siete derribos, confiaba en alcanzar pronto los cien. Boelcke había dictado unas normas que eran fielmente observadas por la escuadrilla, entre ellas jamás volar bajo sobre territorio enemigo. Richthofen olvidó esa precaución el 21 de abril de 1918 empeñado en derribar a un adversario que volaba bajo. Alcanzado en el corazón por una bala disparada desde tierra cayó cerca de Vaux-sur-Somme, detrás de las líneas aliadas. Los pilotos británicos le dispensaron un solemne funeral. «Aquí yace un valiente, un noble adversario y un verdadero hombre de honor. Descanse en paz».

Privado de su comandante, el Circo Volador fue sucesivamente dirigido por Wilhelm Reinhardt y Hermann Göring, un ambicioso aviador que llegó a ser ministro del aire del Tercer Reich y mano derecha de Hitler.

QUIÉN DERRIBÓ AL BARÓN ROJO

Baron Rojo caballero del aire

Se cree que la bala que mató a Richthofen procedía de la ametralladora del soldado australiano William John Evans o de la del sargento Popkin, que dispararon contra el avión cuando los sobrevolaba. El proyectil le atravesó el hígado, los pulmones y el corazón y le seccionó la arteria aorta y la vena cava. Tardaría unos dos minutos en morir, los suficientes para conseguir un aterrizaje de emergencia.

PARA SABER MÁS

El Barón Rojo. Manfred von Richthofen, de J. Eduardo Caamaño. Editorial Almuzara.

El enigma del mensaje dentro de una botella proveniente del Titanic

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Científicos canadienses analizan la veracidad de la supuesta carta de una pasajera de 13 años.

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Cientos de personas perdieron la vida en la tragedia del hundimiento del Titanic la noche del 14 de abril de 1912, entre ellas Mathilde Lefebvre, autora de una carta encontrada dentro de una botella en las costas canadienses en 2017.

La botella fue hallada por una familia canadiense en la playa de Hopewwll Rocks, en la bahía de Fundy, situada en la provincia de Brunswick, en Canadá, quienes de inmediato llamaron a la Universidad de Quebec en Rimouski (UQAR) para analizar su autenticidad.

“Estoy tirando esta botella al mar en medio del Atlántico. Debemos llegar a Nueva York en unos días. Si alguien la encuentra, dígaselo a la familia Lefebvre en Liévin”, detalla la carta que fue firmada un día antes del accidente.

Mathilde Lefebvre –de 13 años– era una pasajera de tercera clase que provenía de Liévin, en el departamento de Pas-de-Calais, en el norte de Francia.

Según publicaciones de medios internacionales, la adolescente viajaba con su madre, Marie Daumont, y sus tres hermanos: Jeanne, de nueve años; Henri, de seis; e Ida, de cuatro.

La madre y sus hijos abordaron el Titanic para encontrarse con su esposo, Franck Lefebvre, que había dejado Francia dos años antes junto con otros cuatro hermanos de Mathilde para probar suerte en Estados Unidos.

Titanic en el fondo del mar. Foto: AFP

La investigación

Una publicación de la UQAR detalla que el historiador Maxime Gohier movilizó un equipo multidisciplinario para descifrar los secretos de dicho descubrimiento. “La botella podría ser el primer artefacto del Titanic encontrado en la costa norteamericana”, dice el profesor Gohier.

Los descubridores fueron recibidos por miembros del equipo de la universidad para documentar el lugar y las circunstancias del hallazgo.

Los arqueólogos Nicolas Beaudry y Manon Savard estudiaron y documentaron la carta y la botella en el Laboratorio de Arqueología y Patrimonio de la UQAR y obtuvieron la datación por radiocarbono del papel y el tapón de corcho.

Por su parte, el químico Richard St-Louis fue la persona encargada de analizar la composición de la tinta, el vidrio, el papel y la cera que sellaron el corcho.

Al profesor Daniel Bourgault, de ISMER-UQAR, y sus colegas Knut-Frode Dagestad, del Instituto Meteorológico de Noruega, y Laurent Bertino, del Centro Nansen de Estudios Ambientales y Percepción Remota de Noruega, les fue asignada la tarea de evaluar las corrientes oceánicas y los vientos que pudieron haber influido en la trayectoria de la botella en el Atlántico Norte.

Finalmente, el geógrafo Guillaume Marie examinó, con sus alumnos, los procesos de sedimentación y erosión en funcionamiento en la Bahía de Fundy para comprender cómo un objeto pudo haber encallado, ser enterrado y luego liberado después de varias décadas.

Carta de Mathilde. Foto: UQAR

Últimos hallazgos

Algunos análisis aún están en curso y los investigadores planean llamar a otros especialistas para explorar ciertos aspectos con mayor profundidad. 

Sin embargo, el profesor Savar señaló que ya pueden confirmar que materialmente, la botella y su contenido son compatibles con la fecha escrita en la carta.

“Las simulaciones de las corrientes marinas también mostraron cómo un objeto flotante podría, a pesar de una probabilidad muy baja, haberse desplazado desde el punto donde estaba el Titanic el 13 de abril de 1912 hasta la bahía de Fundy”, mencionó el profesor Bourgault.

No obstante, algo que aún no han podido descifrar es si la carta realmente fue escrita por Mathilde, ya que el tipo de letra difiere “apreciablemente” de la escritura que se le enseñaba a los niños de la edad de Mathilde en las escuelas francesas a principios del siglo XX.

“Si alguna vez, por una extraordinaria coincidencia, alguien tuviera un manuscrito de Mathilde, por ejemplo un cuaderno escolar, lo invitamos a comunicarse con nosotros”, expresó el profesor Gohier en un comunicado.

Homenaje a Mathilde

Luego de tener la certeza de que la botella venía del Titanic, los investigadores contactaron a la familia de Mathilde en Francia y pudieron localizar a Jacques Lefebvre, un primo lejano de la joven que redactó la carta.

Cada año después del descubrimiento, Jacques Lefebvre publica una foto de la carta como homenaje a su pariente que murió en las heladas aguas del Atlántico.

En una entrevista al medio regional France 3, Jacques dijo que era sobrino nieto de Franck Lefebvre, padre de Mathilde, y aseguró que su tío abuelo había viajado a Estados Unidos buscando un mejor futuro para su familia y que enviaba dinero a su familia para que pudieran viajar a tierras americanas para encontrarse con él.

 

El enigma prehistórico de la cueva de Isturitz

Hallan evidencias de caza de mamuts durante el Paleolítico Superior en un lugar insospechado, mucho más al sur de lo conocido hasta ahora.

Aquel hueso tenía intrigados a los arqueólogos desde su hallazgo en 1998 en la cueva francesa de Isturitz. En esos parajes de los Pirineos occidentales, en la Baja Navarra, nunca se había encontrado una escápula de mamut. Aunque se sabía de la presencia de esos enormes animales prehistóricos en la zona, hasta entonces no se habían descubierto evidencias claras de que hubieran sido cazados durante el Paleolítico Superior en un territorio tan al sur. Había que desplazarse hasta la cueva de Arcy-sur-Cure, en Borgoña, al centro-noreste de Francia, para dar con rastros de caza de mamuts. Y, sin embargo, el omoplato recuperado en la cueva de Isturitz apuntaba en esa dirección.

El arqueólogo de la Universidad del País Vasco (UPV-EHU) Aritza Villaluenga, que trabajó como guía y asesor científico en la zona tras realizar su posdoctorado en Alemania, sabía que aún quedaba mucho por estudiar en el lugar donde fue hallado el hueso de mamut y decidió redactar un proyecto de investigación en el marco del convenio suscrito entre las cuevas de Isturitz y Oxocelhaya con el Grupo consolidado de investigación en Prehistoria de la la UPV-EHU. El servicio de Arqueología de la región francesa de Nueva Aquitania aprobó y subvencionó el proyecto, pero la pandemia del Covid-19 obligó a retrasar las excavaciones hasta esta primavera.

Ocho expertos, entre los que se encuentra el también prehistoriador y arqueólogo vasco Álvaro Arrizabalaga, llevan dos semanas hurgando en las entrañas de la gruta con rigurosas medidas de control sanitario y han sacado a la luz más de 3.000 restos. El 9 de abril, después de excavar una secuencia sedimentaria en la que atravesaron los principales periodos del Paleolítico Superior, encontraron un tipo de lámina de sílex del Auriñaciense, el primer periodo de esta etapa histórica en la que el Homo sapiens llegó al oeste de Europa.

«Hemos bajado hasta hace unos 33.000 años», relata Villaluenga con cautela, pues prefiere ser conservador con las fechas antes de realizar pruebas de carbono 14.

«Aquí cazaban mamuts»

En su investigación han desenterrado restos de renos, bisontes, caballos… y más fragmentos de hueso y de molar de mamut. «Parece que es algo repetido -señala el director de las excavaciones- Aquí cazaban mamuts».

Un animal que pesaba unas cuatro toneladas era demasiado grande y peligroso para los reducidos grupos humanos de principios del Paleolítico Superior. La caza de un mamut, además de peligrosa, debía de plantear problemas para gestionar y conservar tanta carne. De ahí que habitualmente cazaran piezas más pequeñas, como bisontes, caballos, renos o ciervos, que además eran más abundantes.

Que se atrevieran con mamuts es un evento «excepcional», a juicio de los arqueólogos. ¿Qué les llevó a enfrentarse a estos enormes animales? ¿Se produjo algún cambio en el clima? ¿Fueron aquí más abundantes? ¿Escaseó otro tipo de fauna y no tuvieron otro recurso? «Estamos un poco desconcertados porque no hay nada parecido. Es muy raro y, al menos por lo que sabemos hasta ahora, solo hay evidencias aquí. Algo, no sabemos qué, les tuvo que llevar a decidir cazar mamuts», confiesa Villaluenga.

Aún les quedan algunos días de excavación y profundizarán algo más en los dos metros cuadrados que han abierto en la cueva, pero el objetivo que les llevó hasta allí ya ha sido cumplido. Después llegará el momento de estudiar detenidamente los restos recuperados y de plantear la siguiente excavación para el próximo año. Más de 20 investigadores de Reino Unido, Francia, Alemania y España colaboran en este estudio que pretende resolver este enigma de la Prehistoria: ¿Qué llevó a los habitantes de la cueva de Isturitz a cazar mamuts?

El escándalo del ‘Sidereus Nuncius’: el enigma de los documentos de Galileo desaparecidos

El experto en falsificaciones Nick Wilding descubrió el escándalo: el ‘Sidereus Nuncius’ de la Biblioteca Nacional de España era una burda copia. Años de pesquisas lo han llevado a destapar un saqueo continuado de documentos de Galileo. La trama nos lleva del Vaticano a Silicon Valley… Y a una librería de París donde, dice el especialista, fue visto el original robado. «No pararé hasta que vuelva a España». Por Carlos Manuel Sánchez

Una noche de enero de 1610, Galileo Galilei salió al balcón de su casa en Padua y apuntó con un telescopio hacia el cielo. Observó que tres estrellas brillaban junto a Júpiter. Una semana más tarde volvió a mirar. Habían cambiado de posición… ¡No eran estrellas, sino satélites! Si Júpiter tenía tres lunas, quería decir que el universo entero no giraba en torno a nuestro planeta. Galileo se percató del peligro de afirmar que no somos el ombligo del cosmos: la Santa Inquisición podía condenarlo por hereje. Pero estaba tan entusiasmado que no se arredró. Escribió un libro sobre sus observaciones a toda prisa. Se imprimieron 550 copias. Sobreviven alrededor de cien. Se titula Sidereus nuncius; en latín, ‘Mensajero de las estrellas’. Para muchos, es la obra más importante de la historia de la astronomía.

“La Policía española sabe donde está el original robado, lo sabe el ministro. Pero nadie lo ha reclamado. También los advertí sobre la posible sustracción de otros cuatro Galileos”

Una copia del Sidereus nuncius la guardaba la Biblioteca Nacional de España (BNE) en Madrid. Es un tesoro nacional, cuyo valor monetario (medio millón de euros) es lo de menos en comparación con su valor patrimonial. Fue robada en 2004. En su lugar, el ladrón colocó una falsificación. El británico Nick Wilding, uno de los grandes expertos mundiales en falsificaciones de libros raros y manuscritos, ha seguido su pista por medio mundo. Y cree que ha conseguido localizarla. Este profesor de Historia de la Universidad de Georgia State, mitad erudito, mitad detective, avisó a la BNE de que les habían dado el cambiazo, quiénes eran los culpables y les indicó dónde fue visto por última vez el original: una librería de París. «La Policía española lo sabe, el Ministerio lo sabe. Pero nadie lo ha reclamado», se lamenta.

El escándalo del 'Sidereus Nuncius': el enigma de los documentos de Galileo desaparecidos 1

Nick Wilding, de la Universidad de Georgia (Estados Unidos), es uno de los grandes expertos en falsificaciones de libros raros. @ The Fake Moon of Galileo. Documental de Po François.

La historia es de película. No fue un robo aislado, sino un saqueo continuado durante años. Y no solo en España, también en archivos y bibliotecas de Italia y Sudamérica. Y apenas es la punta del iceberg de un mercado, el de los libros pioneros de la historia de la ciencia, que se ha convertido en un filón desde que los empresarios de Silicon Valley se hicieron coleccionistas. Vivimos en la era de la tecnología. Y los libros canónicos que sentaron las bases de la ciencia actual tienen el prestigio fundacional de unos evangelios.

Los millonarios de Silicon Valley se han convertido en coleccionistas y han reventado los precios de los libros originales de Galileo, Kepler, Leonardo… La demanda estimula la oferta

Bill Gates revienta ese mercado en 1994, cuando compra el Codex Leicester, de Leonardo da Vinci, por 30 millones de dólares. Desde entonces, los precios no dejan de subir. Y la demanda estimula la oferta.

Wilding reconstruye para XLSemanal dos décadas de subastas de locura y crímenes de guante blanco.

El escándalo del 'Sidereus Nuncius': el enigma de los documentos de Galileo desaparecidos

El ‘Sidereus nuncius’ (‘Mensajero de las estrellas’) es la mayor obra de Galileo. Sobreviven unos cien ejemplares.

1999

Archivos secretos del Vaticano

El italiano Massimo de Caro es un joven concejal en Orvieto, su pueblo. Regenta una tienda de antigüedades. Su gran pasión es Galileo. Colecciona sus cartas. Admira la rebeldía del astrónomo. En 1999, De Caro conoce en la feria del libro de Milán a Daniel Pastore, un librero argentino. Pastore lo invita a visitar su tienda en Buenos Aires. Empieza a viajar allí con frecuencia. Un día ve al cardenal Jorge Mejía hojeando libros. Es el archivero de la Biblioteca Vaticana. Mantienen largas conversaciones. Mejía le regala a De Caro un salvoconducto para acceder a los archivos secretos del Vaticano.

2003

El cardenal que ‘regala’ Galileos

«Por razones incomprensibles, en febrero de 2003 el cardenal Mejía acepta un intercambio de libros con Massimo de Caro», relata Wilding. Como si cambiasen cromos, el anticuario dona una docena de libros cuyo valor total en el mercado no supera los 100.000 dólares. A cambio, recibe de la Biblioteca Vaticana cuatro primeras ediciones de Galileo: SaggiatoreCompassoDialogo y Discorsi, entre otras obras. El precio conjunto supera el millón de dólares. Los libros acabarán subastados. Wilding comprueba que uno de ellos, la Hypnerotomachia, fue vendido por Sotheby’s en París en 2010. Le preguntará a Mejía sobre el trueque. El cardenal le responde: «Si el señor de Caro se benefició de alguno de nuestros libros, lo hizo por su cuenta, sin nuestro conocimiento y sin permiso». Wilding ha investigado en el Vaticano. «De hecho -cuenta-, encontré allí un ejemplar de otro Sidereus nuncius que no sabían que tenían, pues estaba mal catalogado. Los avisé y me dijeron que me ocupara de mis asuntos».

2004

Con cuchilla en la Biblioteca Nacional

En febrero, César Ovilio Gómez -uruguayo residente en Argentina- comienza a frecuentar la Biblioteca Nacional de Madrid, que alberga 30 millones de publicaciones y más de 3000 incunables. No tiene estudios, pero lleva un carné de investigador falso. Y en el estuche de las gafas oculta una cuchilla de afeitar. Regala bombones al personal para ganarse su confianza. Durante meses corta con la cuchilla y se lleva en una carpeta al menos 19 grabados de diferentes obras; entre ellos, dos mapamundis de Ptolomeo valorados en 100.000 euros cada uno. Una mañana, Gómez pide a los bibliotecarios consultar el Sidereus nuncius, según consta en una ficha del 4 de junio. Presuntamente, por encargo de De Caro.

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Uno de los ejemplares que se conservan del ‘Siderius’, de Galileo. @ Getty Images.

2005

El hallazgo del siglo

Massimo de Caro contacta con Richard Lan, propietario de la librería anticuaria más importante de Nueva York: Martayan Lan. Ya le ha vendido algunos libros de los que consiguió en la Biblioteca Vaticana. Ahora le ofrece un raro ejemplar del Sidereus nuncius del que nadie tiene constancia. Afirma que proviene de un millonario argentino que anda corto de dinero por el corralito. Podría tratarse de un manuscrito con dibujos a la acuarela del propio Galileo. De ser así, su precio rondaría los diez millones de dólares. Lan paga medio millón por él, creyendo que está comprando una ganga. Pero no las tiene todas consigo. Y se lo envía a un erudito alemán, Horst Bredekamp, que lo da por bueno. «Es poco común, aunque no imposible, que aparezcan maravillosos ejemplares nuevos de libros muy antiguos; la reputación y la fortuna de un comerciante se construyen en gran medida sobre su capacidad para cumplir los sueños bibliófilos de un cliente», explica Wilding.

2007

El escándalo de los mapamundis

En un control rutinario, el personal de la Biblioteca Nacional descubre la desaparición de los dos valiosos mapamundis de Ptolomeo. La Guardia Civil sigue entonces la pista de César Gómez, y la Interpol lo localiza en Argentina, pero la Justicia española no logra su extradición. A raíz del escándalo, la escritora Rosa Regás dimite como directora de la BNE. Gómez confiesa ante un tribunal argentino, dice estar arrepentido y devuelve parte de lo sustraído. Pero no dice nada del Sidereus nuncius que presuntamente se llevó.

2008

Análisis forense

Richard Lan, que no ha podido vender el Sidereus aún, lo envía otra vez a Alemania para una nueva revisión. Esta vez, Bredekamp invita a expertos de catorce instituciones internacionales a Berlín. Los especialistas pasan dos meses analizándolo, con radiaciones ultravioletas de onda larga (para identificar las tintas) y fluorescencia de rayos X (para determinar la composición del papel). Un conservador autentifica el sello y la Academia de Stuttgart certifica la encuadernación. Para encontrar la verdad, sin embargo, lo primero es desear encontrarla. «Fue un análisis exhaustivo, casi forense. Los indicios de la falsificación estaban ahí. Pero Bredekamp se esfuerza por buscar explicaciones plausibles a las incoherencias», comenta Wilding. Los expertos llegan a la conclusión de que, efectivamente, se trata de una copia única de Galileo desconocida hasta entonces. Será una metedura de pata colosal.

2011

El gran saqueo

Entretanto, De Caro traba amistad con el magnate ruso del gas Viktor Vekselberg y comienza a trabajar para él como relaciones públicas. Hace contactos importantes. Entre otros, con un senador italiano de la órbita de Berlusconi, Marcello Dell’Utri, que será condenado por sus lazos con la Mafia. Mientras tanto, viaja por Italia visitando monasterios gracias a sus credenciales vaticanas y, por supuesto, expoliando sus archivos. Cuando el ruso lo despide, De Caro pide ayuda al senador, que le consigue el puesto de director de la Biblioteca Girolamini de Nápoles. El primer día, De Caro ordena al vigilante de seguridad que apague las cámaras por la noche. Pero el guardia desconfía y no lo hace. La grabación muestra cómo sus cómplices cargan 2000 libros en una furgoneta. Es la prueba decisiva. Será condenado a siete años, aunque solo pasará dos en la cárcel. Un juez conmuta la pena a arresto domiciliario cuando De Caro muestra su predisposición a colaborar con la Justicia para recuperar los libros. Unos 450 iban a ser subastados en Múnich. De Caro admite haber falsificado cinco copias del Sidereus nuncius, pero no revela qué original ha utilizado para realizarlas.

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@ Valeria Tondi/Contraluce

Crimen de guante blanco
El anticuario Massimo de Caro acabó dirigiendo la Biblioteca Girolamini de Nápoles… y la saqueó. Fue condenado por ello. Su primer gran contacto fue el cardenal Mejía, archivero de la Biblioteca Vaticana (ya fallecido), quien le ‘regaló’ cuatro primeras ediciones de Galileo.

2012

Las sospechas se confirman

El experto alemán Bredekamp publica una obra monumental sobre el Sidereus que ha certificado. Pero Wilding tiene dudas. El sello, el desgaste de la tinta y sobre todo la implicación de De Caro le hacen reafirmarse en sus sospechas. Por ejemplo, la firma raya profundamente las fibras del papel, como si se hubiera realizado con una pluma de metal, mientras que Galileo utilizaba una delicada pluma de ganso.

El falsificador admitió haber creado cinco copias del ‘Sidereus’. Para ello utilizo un sistema que ya describió Arturo Pérez-Reverte en ‘El club Dumas’

Wilding rastrea los catálogos digitales de todas la bibliotecas, librerías y archivos hasta que, ¡eureka!, encuentra un gemelo idéntico al que compró el anticuario neoyorquino, con las mismas anomalías, en una subasta de Sotheby’s en 2005, pieza que también fue vendida por De Caro. Wilding llega a la conclusión (acertada) de que el ladrón italiano ha realizado la falsificación usando placas de fotopolímero, una especie de fotocopias en tres dimensiones con resinas que se endurecen para imitar texturas, similares a las que usan los dentistas. «Como curiosidad, estos procedimientos ya fueron descritos por Arturo Pérez-Reverte en El club Dumas, una novela de 1993», cuenta Wilding. Antes de hacer público su descubrimiento, contacta con Bredekamp, que le responde con desdén. Pero la revelación cae como una bomba y el mercado se tambalea.

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El erudito alemán Horst Bredekamp dio por buena una obra de Galileo que De Caro falsificó.

2013

La confesión

De Caro, vanidoso, le confiesa a un periodista de The New Yorker cómo hizo la falsificación del Sidereus que vendió a Martayan Lan. Consiguió tinta china ácida y la ‘envejeció’ metiendo las pruebas en un horno a 250 grados. «A esa temperatura, veinte minutos son como cuatrocientos años». Contrató a un pintor para que dibujara las acuarelas de las fases lunares. Y encuadernó la obra con pergamino auténtico. Cometió algunos pequeños errores. Por ejemplo, el papel contiene rastros de algodón, lo que es un anacronismo. Pero asegura que esos fallos fueron intencionados; todo era una broma para burlarse del mundillo académico.

2014

La Biblioteca Nacional no denuncia

Restauradoras de la Biblioteca Nacional descubren que el cuerpo del Sidereus nuncius ha sido extraído con una hoja de afeitar, dejando la cubierta, las páginas de guarda y las finales. Las restauradoras realizan un informe, pero la dirección no denunciará la sustracción hasta cuatro años más tarde, cuando reciben el aviso de Wilding. «No hay protocolos de actuación. A veces los robos son obra de personal contratado o de investigadores habituales. Y es mejor callarse hasta que el culpable cometa un error. Además, a las bibliotecas no les gusta que se sepan sus fallos de seguridad porque las convierte en un objetivo», reflexiona Wilding.

2018

Los libros encogen

Queda un último misterio. ¿De dónde procedía la copia auténtica que De Caro utilizó como modelo para falsificar el Sidereus neoyorquino? Wilding asegura que se trata del ejemplar robado en España. El asunto se ha convertido en una cruzada para él. Dicen los expertos que los libros antiguos «cantan» al pasar sus hojas. El tacto e incluso el olor son peculiares. Pero lo más curioso es que encogen con el uso por los bordes. Wilding compara las dimensiones de la mayoría de los Sidereus catalogados en el mundo. Todos son diferentes, excepto dos, idénticos: «El robado de la Biblioteca Nacional de España y el que exponía la librería parisina de Patrick Sourget», afirma el especialista. No es casualidad que se lo haya vendido De Caro. Wilding habla con Sourget, quien le asegura que la Policía francesa le confiscó el libro. Alerta entonces a los funcionarios españoles. «También los advertí sobre la posible sustracción de otras cuatro obras de Galileo; entre ellas, Historia y Demostración de las manchas solares. Pero me dijeron que se habían extraviado».

2021

Caso abierto

La Biblioteca Nacional de España inicia un procedimiento para conocer los hechos en torno al ejemplar falso de Galileo hallado en sus fondos y el Ministerio anuncia que revisará los protocolos de seguridad. Y la Brigada del Patrimonio Histórico de la Policía reconoce que investiga en secreto desde 2018. Massimo de Caro, por su parte, ya cumplió su arresto y hoy se dedica a fabricar mascarillas. César Gómez se jubiló y vive en una urbanización de lujo en Buenos Aires. «Pero me sorprendería que esto hubiera terminado. La digitalización en alta resolución de los fondos bibliográficos, beneficiosa para poder estudiarlos, también facilita la labor de los delincuentes, que cuentan con tecnología muy avanzada y barata. De Caro y sus secuaces dejaron un rastro de destrucción que tardará años en repararse, si es que se consigue. Las falsificaciones hacen tanto daño como las fake news, solo que no afectan a la actualidad, sino al pasado. Contaminan la historia y hacen imposible el trabajo del historiador».

Si no podemos confiar en que un manuscrito de Galileo en un archivo oficial es verdadero, se proyecta una sombra de duda que va más allá de ese libro y acaba afectando a la figura histórica de su autor, del mismo modo que las teorías conspirativas que cuestionan el Holocausto o inventan explicaciones absurdas sobre la pandemia.

Fuente: XL Semanal

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