El misterio de la epidemia que desapareció de repente

La epidemia de encefalitis letárgica surgió entre 1916 y 1928, pero luego desapareció sin dejar rastro. Aún no sabemos qué la provocó.

Un hospital con enfermos aquejados de Gripe Española
Un hospital con enfermos aquejados de Gripe Española

La pandemia empezó en 1916. Casi al mismo tiempo, diferentes médicos de Viena y Francia recibieron en su consulta a varios pacientes con una nueva enfermedad terrible. Esta enfermedad comenzaba con fiebres altas, dolor de cabeza y fatiga. En un tercio de los casos, los pacientes se recuperaban sin problema, pero los otros dos tercios sufrían síntomas mucho más graves: se quedaban paralizados como estatuas. No hablaban, no se movían. Solo pasaban el día con la mirada perdida, sin notar lo que sucedía a su alrededor.

Un año después, el neurólogo griego Constantin von Economo describió la enfermedad y la bautizó como encefalitis letárgica, debido al estado de duermevela que dejaba en los pacientes más graves. Fue el comienzo de una epidemia terrible, que duró nueve años y dejó más de medio millón de heridos y fallecidos. Pero lo más extraño es que en 1928, esta enfermedad desapareció sin dejar rastro, y aún los científicos se preguntan qué sucedió.

A pesar del número de muertes, la epidemia de encefalitis letárgica pasó algo desapercibida para los medios. Eran años dominados por la Primera Guerra Mundial, y los países se centraban más en la escalada bélica que en la investigación científica. Los pocos epidemiólogos de esta época estaban dedicados a estudiar otra pandemia que azotaba Europa al mismo tiempo: la gripe española. Los infectados por esta gripe fueron tantos, que muchos pacientes con encefalitis también habían enfermado de gripe antes, lo que levantó sospechas en la comunidad científica de que ambas enfermedades podrían estar relacionadas.

Los neurólogos, ajenos a la gripe española, son los que más se centraron en esta enfermedad. Los síntomas indicaban que era una enfermedad neurológica, y lo mejor que podían hacer era extraer y estudiar las muestras de tejido cerebral de los fallecidos. La tecnología de la época se basaba en el microscopio óptico, por lo que los estudios se limitaban a describir los tejidos y probar en los pacientes los pocos antibióticos disponibles en la época, con poco éxito.

La condición de estos pacientes mejoró treinta años después. En la década de los setenta, un joven neurólogo llamado Oliver Sacks decidió probar un tratamiento basado en L-dopa en estos pacientes. Este medicamento se empezaba a usar de manera experimental en los enfermos de Parkinson, y como los pacientes letárgicos tenían algunos síntomas parecidos, Sacks decidió probar a tratarlos. La eficacia fue asombrosa, permitiendo que los pacientes volvieran a andar y hablar tras varias décadas de silencio. Esta historia fue documentada por el propio Sacks en su libro Despertares, que tuvo su salto al cine en 1990.

Un secreto esquivo

Durante el siglo XXI, han surgido varios estudios que dejaban de buscar información histórica y se centraba en reanalizar las muestras de tejido con nuevas tecnologías. Al estudiar las muestras con análisis genéticos y microscopios electrónicos, ha sido posible encontrar nuevos hallazgos relativos a la enfermedad. Uno de los primeros hallazgos fue el descubrimiento de anticuerpos en los tejidos, indicando que la enfermedad era autoinmune. Los daños no eran realmente provocados por un patógeno, sino por nuestras propias defensas, que atacan tanto al patógeno como a varias regiones del cerebro, provocando los daños y los síntomas.

En este punto, la antigüedad de las muestras es el principal obstáculo a superar. Aunque hayan sido sometidas a procesos de conservación, gran parte de ellas se han degradado y contaminado en parte. Esto hace que al analizar los virus presentes en las muestras, puedan hallarse virus que no estén relacionados con la enfermedad, y restos genéticos de virus sin identificar.

Por ahora, el candidato más probable del patógeno misterioso es un enterovirus, un tipo de virus capaz de atravesar la barrera hematoencefálica y dañar el tejido cerebral. En los últimos años, este tipo de virus han ganado protagonismo, ya que se han encontrado variantes de los mismos dentro de las células cerebrales de pacientes de Parkinson avanzado. Sin embargo, esto ha sido deducido a partir de restos genéticos degradados del virus, por lo que no se sabe con certeza cómo fue el virus de la pandemia.

Todavía quedan dudas por resolver. Si ha sido culpa de un enterovirus, ¿cómo se contagiaba? Y mucho más importante ¿por qué desapareció?. Respecto al Covid19, hemos podido responder preguntas parecidas gracias al avance científico del presente, pero hace cien años no habría sido posible. Solo nos habría quedado un misterio que puede que no se pueda resolver nunca.

Fuente: El Confidencial

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