Cuidado con jugar a la ‘Verónica’

Jose Manuel García Bautista

Es uno de los juegos más populares entre estudiantes y universitarios, dicen que este “juego” te da las pistas de las preguntas de los exámenes pero también, a veces, se nos puede ir de las manos.

Se toma un libro, una cuerda y unas tijeras, se sostiene el libro colgando de la cuerda y las tijeras y se formula una pregunta, por la página que se abra el libro será el indicativo de una pregunta. Claro que no siempre sale bien…

Como tampoco sale bien una variante más “espiritista” de este juego que se realiza invocando a la “Verónica” frente al espejo para ver su imagen.

La leyenda urbana nos dice que debemos ponernos frente al espejo y repetir nueve veces seguidas el nombre de Verónica. No seríamos los primeros que se ríen al conocer esta historia, historia que lleva circulando por el mundo desde hace varias décadas.

Muchos antes han pensado que se trataba de un cuento chino y se han burlado, pero otras personas aseguran que quienes no han hecho caso de la advertencia, y han aceptado el desafío, han cargado con una maldición terrible.

Pero… ¿Quién es o era Verónica?

Verónica era una chica de 14 años que, estando en el pueblo con sus amigos, hizo espiritismo en una casa abandonada. Todo el mundo sabe que es algo tremendamente peligroso y que jamás debe tomarse como un juego.

Ella no siguió las reglas de los fantasmas, se burlo durante toda la invocación y una silla que había en la habitación cobró vida y la golpeo mortalmente en la cabeza.

Sin embargo, Verónica aun no descansa en paz. Su espí¬ritu esta condenado y vaga buscando venganza entre aquellos que no saben respetar el más allá, como le sucedía a ella en la vida real.

Nuestra leyenda urbana tiene como personaje central a Ana, era una chica de la edad de Verónica que conoció la leyenda del tarot y brujas en su instituto. Sus amigos la picaron, diciéndole que no se atrevía decir a invocar su nombre nueve veces ante el espejo.

A ella le daba miedo, pero venció su terror porque le avergonzaba quedar mal ante todo el mundo. Una compañera fue a los servicios de esa planta del instituto para comprobar, entre risas, si cumplía la prueba.

Lo hizo, no paso nada y el grupo lo olvido enseguida. Menos Ana. Para ella la auténtica pesadilla comenzó esa misma noche. Estaba en la cama, cuando un sonido la despertó. No se trataba de un estrépito, sino de una especie de susurro indescifrable que oía cerca de la nuca, mientras sentía como si alguien respirara en su cuello. Aterrada, se levanto y encendió la luz. Allí solo estaba ella.

A pesar de eso, no pudo dormir en toda la noche. Al dí¬a siguiente, no se atrevió a contárselo a nadie. Estaba muerta de miedo, y en medio de la clase tuvo que salir al servicio para mojarse la cara y despejarse.

Pero cuando entro al baño, hacia mucho frío (como estaban en invierno no le dio importancia) y una capa de vaho cubría el espejo. Ana lo limpio con la mano para comprobar horrorizada que tras ella había una chica que no había visto jamás, con una expresión de espanto y sangre en la cabeza. Fue solo un instante.

Cuando se volvió a mirar, ya no había nadie. Ana rió nerviosamente, pensando que todo era fruto de su imaginación, los nervios y el cansancio. Sin embargo, cuando se volvió hacia el espejo vio algo que la dejó helada. Al borrarse el vaho una frase había permanecido escrita: “Soy Verónica. No debiste invitarme a volver”.

Ana no pudo soportarlo. Hoy pasa sus días encerrada en un manicomio, y solo habla para jurar y perjurar que el fantasma de Verónica la sigue atormentando.

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