“Cuando la noche adormece los sueños”, un relato

Por Rosa Santizo Pareja.

SUEÑOS-victoria-frances

Llegado el día de la despedida, ese momento en que todo se desvanece enturbiando los sentidos, ese anonadamiento que nos deja en un estado comatoso, como si todo a nuestro alrededor dejase de existir, como si todo se detuviese y nada de lo que acontece fuese real. Porque quizás eso que pensamos que es la realidad no lo es, es tan solo un mal sueño, algo que sucede en otros mundos que no somos capaces de vislumbrar con los ojos que nos han sido dados, esos ojos que no nos dejan ver esas otras realidades que se mueven en nuestro entorno. Esos otros mundos paralelos que fluyen a nuestro lado, que de alguna forma conviven con nosotros intentando hacerse visibles de forma tan inútil que se burlan de nuestra ceguera.

Portales a otros mundos, objetos que permiten tan solo a unos cuantos privilegiados asomarse para vislumbrar otras realidades, otras verdades que transitan junto a esta que hemos creado de forma tan nefasta, formada por medio del miedo, de la maldad, de los pensamientos negativos que se moldean en nuestra mente para luego materializarse y convertirse en esos demonios que nos atormentan, y persiguen de por vida. Esas caricaturas que se forman por medio de envidias, celos, todo concebido con la fuerza del pensamiento para luego tomar las más perversas de las apariencias. Se apoderan de todo nuestro ser, de nuestro físico que envejece y refleja esos pensamientos impíos, haciendo que nuestros rostros se tornen en máscaras que ni nosotros mismos somos capaces de reconocer cuando nos atrevemos a mirarnos en un espejo. Ese espejo que nos devuelve a un ser que nos cuesta saber quien es, preguntándonos donde está esa persona que antaño aparecía en él, que como un suspiro ha pasado dejando de ser, el transcurrir de los años deja huellas imborrables que se reflejan en nuestros rostros, surcos que el tiempo en forma de risa burlona marca en nuestras miradas. Un espejo que delata lo que henos sido, como nos hemos conducido en esta vida, que nos hacen ver las huellas que las desilusiones, las penas, las añoranzas han dejado. Ojos apagados, sin vida, sin ilusión, sin la más mínima esperanza de recuperar lo vivido o lo que quisimos vivir, la nostalgia de todo lo pasado y de todo lo que no pasó. Porque aunque para algunos pueda parecer extraño, sí se puede sentir una inmensa nostalgia por lo no vivido, por esas ilusiones frustradas, por ese camino que se intentó tomar y que al final escapó, haciendo que nuestros pasos se encaminasen por senderos que nos condujeron por la aridez de la que no supimos escapar. Sigue leyendo

“Nubes en el alma”,por Rosa Santizo.

Un relato de: Rosa Santizo Pareja

El Teide

Las nubes lo cubrían todo, ese cielo que simulaba un mar parecido a algodón, a nieve recién caída, blanca, brillante y luminosa, se presentaba ante sus ojos llenos de sueños, decepciones, ilusiones y pesares, sentimientos contradictorios que se agitaban en su alma abatida.

“Nunca es demasiado tarde”, lo había oído tantas veces que si escuchaba una vez más tan repetida frase temía que sus tímpanos estallasen, porque ella, al contrario que la mayoría de los mortales sí creía que era tarde, muy tarde, demasiado. Era tarde para empezar, para desear, para ilusionarse con quimeras y promesas, con palabras que pierden su sentido cuando todo ha concluido. Tarde, muy tarde, pero a pesar de todo sigue hacia adelante, intentando no mirar atrás, sin esperar, sin creer, atrapada en la maraña de sus lúcidas pesadillas, finos hilos que se enredan en su cuerpo sin darle opción a escapar, ella sola ha de encontrar la salida, ese final del túnel del que todos le hablan. ¿Pero acaso saben realmente de qué hablan?

 Palabras que se contradicen con las acciones, actos que se contradicen con las palabras, conductas que lejos de dar seguridad provocan recelo. ¿Qué pesan más, las acciones o las palabras?. Las palabras se las lleva el viento, decía él creando en su vacilante mente confusión y desorden. Quizás no entendía o no podía comprender su proceder, esas palabras tan duras que helaban sus entrañas haciéndola vacilar y poniendo en duda lo que oía y veía. Ese galimatías en su inquieta mente, era como una sacudida que la lanzaba sobre afiladas piedras que cercenaban todo su ser. Qué fácil opinar, qué fácil decir lo que otros deben o no hacer, qué fácil hablar desde la seguridad y el confort. Sigue leyendo

Relato:” Agua del Cielo”, por Rosa Santizo.

Por: Rosa Santizo.

LLUVIA

“Por fin la lluvia cae sin compasión y borrará de mi memoria el dolor…”(Sôber)

La lluvia caía tenue y delicada, borrando todo recuerdo del pasado, era como música que acariciaba los oídos después del largo y caluroso verano. Un verano que parecía no tener fin y que pesaba ya demasiado, largos días llenos de un calor plomizo que le hacía caer en un sopor insoportable. Ahora por fin el frío y la humedad calaban sus huesos haciéndola espabilarse con el frescor que el nuevo día traía, recordatorio imborrable de aquello que marchó lejos para ya nunca regresar. Ella tranquila y sin ganas, con las ilusiones gastadas miraba por la ventana de su dormitorio, una habitación gris y apagada, donde el silencio habitaba desde hacía tanto tiempo que ya ni recordaba. El cuadro de la pared, mudo testigo de sus noches sin dormir, no respondía a sus lloros ni lamentos, los espejos estáticos se limitaban a devolverle su propia imagen, una silueta que se recortaba en la penumbra en la que se hallaba inmersa y que a dudas penas podía reconocer.

Mientras su mente volaba a otros mundos, la lluvia seguía cayendo ajena a todo lo que ocurría tras esa ventana. El suave y dulce tintineo del agua al deslizarse acompañaba sus recuerdos, grises y escurridizos como esa fina lluvia que se negaba a alejarse obligándola a recordar, a pensar, a bucear por su mente en busca de respuestas a tantas preguntas que nunca hizo. Esa agua del cielo, calmada pero constante, empapaba todas las calles, se deslizaba por la ciudad entrando en cada rincón, alimentando todos los recovecos que por escondidos que estuviesen no escapaban a su frescor. Agua que limpia y purifica las almas abatidas, calmando los ánimos, disipando penas, trayendo nostalgias, tejiendo ilusiones, recuerdos de sucesos que ocurrieron tiempo atrás, o de acontecimientos que aún sin haber ocurrido acuden a su mente antojadiza como si de realidades palpables se tratasen. Sigue leyendo

“Sombras del ayer”, de Rosa Santizo.

Rosa Santizo

Soledad

Su sinuosa silueta se recortaba en un fondo sin color, encerrada en un abismo donde sus gritos se ahogaban en lo más profundo de su ser, ahora más que nunca ansiaba salir al exterior. Nada de lo que divisaba parecía tener sentido, por eso se retorcía embriagada de dolor deseosa de que ya todo terminase, de que todo llegase a su fin para así pod…

er dejarse llevar sin sentir el peso que cubría todo su ser. Era demasiado, no acertaba a entender el motivo de su infortunio, el porqué el destino se cebaba con ella haciéndole muecas cada vez más perversas como si de una diversión macabra se tratase.

Angustiada y confusa, caminaba sin rumbo en busca de no sabía que, y en ese deambular por la vida, sentía como la misma se le escapaba entre los dedos, como se le iba sin ser capaz de hacer nada por retener ni tan siquiera la ilusión que le haría pensar en que quizás, un día esa vida que tanto ansiaba vivir dejaría de huir de su lado para quedarse con ella aliviando todas sus heridas. Llagas y laceraciones que eran invisibles, que nadie veía ni querían ver, solo ella sabía del dolor que se siente cuando el alma se retuerce, exprimiendo cada gota de ilusión, de esperanza y de amor hasta que solo queda la nada, el vacío que produce la mera existencia sin sentido, sin objetivos, siendo tan solo una sombra que pasa sin ser vista, desapercibida a los ojos de todo el mundo.

Esas sombras que le visitan para recordarle que nada es, que el ayer es el hoy y será el mañana porque nada cambia, ni transmuta, las transformaciones tan solo son espejismos, sombras que parecen tomar formas pero que cuando se acercan lo suficiente se desvanecen entre sus dedos, dejando en sus oídos el sonido de las risotadas que una vez más han conseguido engañarla con falsas ilusiones, despertando deseos que quedan lejos de ser realidad, que aún más lejos de materializarse se desvanecen como la espuma de mar en una noche de tormenta.

Cierra los ojos cansada y debilitada por la lucha constante, ya lo único que le quedan son los sueños y dentro de poco ni eso, el agotamiento le niega hasta el último refugio que debería tener, ese lugar de descanso donde vivir lo que la vida le negó una y mil veces. Ya sin fuerzas y hastiada se imagina en medio de un inmenso mar, dejándose acariciar por las olas, dejándose llevar de un lugar a otro como mecida por el viento mientras la brisa calienta sus huesos, sintiendo la tibieza del sol sobre su piel. Pero pronto el dulce sueño cesa y siente toda la frialdad de la noche, mientras la niebla espesa envuelve su frágil cuerpo que es llevado con violencia de un lugar a otro sin piedad, ningún lugar donde asirse, en su desesperación intenta agarrarse con sus uñas a la nada mirando con los ojos desencajados a su alrededor, pero no puede ver, la negrura lo cubre todo como un espeso manto. Sus gritos de terror se ahogan y se pierden en un eco lejano sin que nadie responda. Cansada, desahuciada por ella misma se rinde ante la evidencia, no merece la pena seguir luchando, seguir mal viviendo en una pelea sin fin contra corriente, su cuerpo lleno de heridas sangrantes no aguanta más, se deja llevar y mientras agoniza siente como se le va la poca vida que le resta. Susurros atormentan sus oídos hasta que la locura se apodera de la poca razón que le queda, danzas macabras se revelan ante sus ojos que no quieren ver lo que se muestra ante ellos.

En su inmensa locura se adormece en un sueño del que no despertará, pasan ante ella sombras del ayer que le recuerdan que nada ha tenido sentido, su lucha ha sido en vano, perdió todas las batallas y ahora también pierde la última de ellas quedando a merced del silencio y el olvido. Tanto rebelarse contra un destino que siempre se le presentaba hostil, para ahora darse cuenta que nunca existió, que jamás fue real, que todo fue algo volátil, para finalmente, sentir como es engullida, cayendo en una espiral sin final. Mientras su cuerpo aguanta las últimas embestidas, en su rostro se dibuja un rictus de dolor y desesperanza, el vacío es inmenso, ya no ve, ya no siente, se aleja hasta desaparecer, se desvanece en la inmensidad de la oscuridad sin dejar ninguna huella de su paso, de forma que nadie se da cuenta de su ausencia.

Ya no es, dejó de ser, lo único que queda de ella es una sombra que como una dulce brisa, a veces, en los días en los que el dolor se le hace insoportable, pasa al lado de aquel al que amó y del que solo recibió como respuesta desprecio, ausencia y la frialdad que la sumió en las tinieblas y en las sombras en las que permanecerá por toda la eternidad. El dolor es lo que tiene, te engrilleta para jamás dejarte escapar, sin embargo ella en su ceguera sigue buscando a tientas sin saber a quien…

*Ilustración por Toom Hertz