El fantasma de María Soledad.

¿Cómo imaginar que un anima, un ser, una esencia o figura del «más allá» pudo también estar asociado con la vida en sus formas tradicionales?
Todo esto me pregunto cuando la veo pasar como cada noche: seria, discreta y respetuosa; saludando con un rápido movimiento de cabeza, evitando la mirada en los ojos, y ocultando una fugaz sonrisa, que en su rictus me acerca más dolor que alegría.
Y pensar que María Soledad también tuvo 18 años. Los tenía, aquel día en que la recibimos en el gran hospital. Un caso de emergencia, casi típico, hasta extrañamente «normal». Llegó con un severo traumatismo de cráneo. La atropelló un colectivo, en la ruta. ¿A dónde iba Soledad tan sola y distraída?, descuidada de las carreras mortales que emprenden los choferes de los buses, que circulan en vuelo bajo (así como sus caminatas fantasmales), desprevenida de ese poco valor que para algunos, tiene la vida ajena.

Era perfecta y bella en su tragedia. El rostro pálido, los largos cabellos oscuros, el semblante tranquilo. Las manos cuidadas, la ropa… hasta coqueta. Un perfecto ser anónimo. Uno más. Quizás, una de las tantas jovencitas, dedicadas al trabajo doméstico, que los fines de semana se arriesgan en la ruta para regresar a sus hogares.
María Soledad ingresó al hospital sin documentación alguna. Ni un solo dato que testimoniara quién era o de dónde venía. Solo conjeturas y rumores, impresiones que fuimos armando entre todos, en un intento por construirle una historia que refiriese a María Soledad, la persona, que aún respiraba aferrándose a la existencia.
El nombre se lo dieron las enfermeras, compadecidas de la hermosa chica solitaria, peleando tristemente por su vida. La batalla no la ganó la muerte, pero tampoco la vida. María Soledad quedó atrapada en ese universo paralelo de las almas que se aferran a la Tierra sin ser parte de ella. María Soledad quiso quedarse y para eso nos eligió a nosotros.
No tardó mucho en desfallecer, víctima de soledad o angustia, víctima de las graves lesiones sufridas. Pero Soledad no pudo con tanto dolor. Se quedó implacable, en la morgue, a la espera de que alguien, algún ser querido, llegase y la reclamase. Fueron tres meses intentando cumplir su deseo. Publicando su foto, aún de muerta. Buscando a sus padres o familiares, a alguien que supiera decirnos quién en realidad era ella. Y no ocurrió. Los que la buscaron, no la conocían. Buscaban a otras chicas perdidas; a otras “Soledades” escondidas, tal vez, en otros hospitales.
Finalmente, tuvimos que resignarnos y enterrarla. Parecía ya imposible ofrendarle esa última despedida que queríamos para ella: con sus seres queridos, y su verdadero nombre. Así que una tarde, un pequeño grupo, entre alguna médica, enfermeras y trabajadores del hospital, decidimos darle un cristiano reposo. No sabíamos que su alma no aceptaba consuelos. Ni rosarios, ni misas ni palabras. Ella, no admitía descanso.
Y desde entonces, María Soledad recorre los pasillos de la morgue, sube al último ascensor, visita enfermos, especialmente niños. A las madres ocupadas, las releva en el cuidado de sus hijos. Les brinda un pequeño respiro entre tanta angustia. Casi nadie la nota. Tan solo los de siempre, y sus protegidos. María Soledad es casi tan discreta, como lo es su dolor.

(FUENTE: abc.com.py)

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