Ciudades malditas.

Maldito es todo aquello que ha sido castigado o condenado por Dios, o por un conjuro, o por cualquier otro medio, grimorio o fórmula misteriosa, proclamada verbalmente –maledictus– y a veces por escrito. Esto atañe a personas, animales, cosas, lugares…, parajes enteros. En una ocasión, según dice el Génesis, lo hizo a toda la Tierra y sus habitantes. Conocemos que muchas ciudades de la Antigüedad han desaparecido tras una maldición… Otras, no lo sabemos; ahora tratamos de investigarlo.
Hoy día, Jericó es una ciudad cisjordana en manos de la Autoridad Palestina, tras sus 11.000 años de historia, lo que la convierte en la más antigua de todas las ciudades que cayeron, en un momento indeterminado, víctimas de la cólera divina. Cuando la bota del arqueólogo levanta el polvo de sus campos, no puede dejar de estremecerse recordando este párrafo bíblico: «Al séptimo día se levantaron al despuntar el alba, y dieron vuelta a la ciudad de la misma manera siete veces […] Y cuando los sacerdotes tocaron las bocinas la séptima vez, Josué dijo al pueblo: `Gritad, porque Jehová os ha entregado la ciudad’. Y será la ciudad anatema a Jehová, con todas las cosas que están en ella» (Josué, 6:15-17) Y la maldición divina se cumplió, al parecer cuando sus murallas cayeron derribadas víctimas de las Trompetas de Jericó. Posiblemente nunca se liberó de la maldición, si conocemos bien sus tortuosas y violentas peripecias… que aún no han acabado.

Hacia 1961, el investigador James Mellaart descubrió en Turquía un culto extendido a una antiquísima diosa madre innominada, heredera de aquellas prehistóricas que nacieron en las brumas del Paleolítico. Sería la protectora de las cosechas y de la fertilidad en la peculiar ciudad de Çatalhöyük. El asentamiento y su enigmática cultura, de la que no sabemos prácticamente nada, se desarrolló a partir del año 6.250 a.C., y fue abandonado repentinamente hacia el 5.700. Posiblemente tras un gran incendio que endureció sus paredes de adobe. Gracias a ello, hoy podemos contemplar sus casas arracimadas, a las que se accedía a través de los tejados, la mayoría de las cuales son santuarios dedicados a esas diosas, y alguno masculino, también sin nombre.

Tras estas dos ciudades, nacidas de la revolución neolítica, surgieron otras en Oriente Medio, como Mari (4.000 a.C.), en un punto estratégico de acceso al Mediterráneo. Allí se rindió culto a la diosa Isthar, dueña del amor, la guerra, la vida y la fertilidad. Quizá fue uno de los «lugares altos» a los que Jehová condenó por sus cultos idolátricos sangrientos, en los que se solían sacrificar niños, invocando extrañas razones que hoy no entendemos. Algunos reyes de Israel se empeñaron en destruirlos con ahínco. Otros, sin embargo, los rehabilitaron, por lo que fueron castigados también, como Manasés, que se arrepintió y fue perdonado. Quien realmente acabó con Mari fue el amorreo Hammurabi. La excavación del lugar fue llevada a cabo por un suspicaz André Parrot, arqueólogo francés que sospechó de su existencia junto al río Éufrates. Queda poco más que una torre escalonada, junto a los restos de varios templos y lo que queda del palacio del rey Zimri-Lim, con unas veinte mil tablas cerámicas con relatos sobre aquellos oscuros años.

Ur, la ciudad caldea donde nació el patriarca de las tres grandes religiones monoteístas, Abraham, y de la que tuvo que huir con su familia para refugiarse en Caldea (Génesis, 11:31), empezó su andadura en el 5.000 a.C. aproximadamente. Llegó a ser una poderosa urbe en el sur del actual Iraq, sobre todo por su puerto en el Éufrates, destino de cuantos comerciaban en el Golfo Pérsico. Hasta que el río cambió su curso, lo que significó su desaparición. No sabemos si fue una maldición; lo parece. Hoy los ladrillos de adobe y caña de la pirámide de Ur-Namu, el Zigurat, construido cuando aparecían los crómlech en Europa, señalan los puntos cardinales, observables desde la cima del que fue templo de la diosa de la Luna.

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